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Algo más sobre Salomón 

Su matrimonio con Dita (1953)

Paulina Gamus 

 

Escribo estas líneas cuando han trascurrido dos semanas de la desaparición física de Salomón Cohen Levy (Z’L), figura icónica no solo de la comunidad judía venezolana sino de la historia reciente de una Venezuela en auge, de un país que crecía, se desarrollaba y modernizaba con fe en el porvenir. 

Numerosos obituarios y declaraciones públicas de amigos y periodistas que en algún momento entrevistaron a Salomón han agotado las palabras para describir su talento, su visión de emprendedor, su pasión creadora, su carácter que no conoció el fracaso porque jamás lo admitió como algo posible. Trataré de presentar a otro Salomón Cohen , al que conocí desde mi infancia. No porque fuera su amiga, sino porque ambos fuimos parte de aquella pequeña comunidad o gran familia que eran los judíos orientales asentados en Caracas. 

La primera inmigración judía a Venezuela provino del Marruecos español, y se inició a mediados del siglo XIX. Pero en los años veinte, la miseria que azotaba a los países del Medio Oriente y otros cercanos empujó hacia estas tierras de América a judíos sirios, libaneses, griegos, egipcios y nativos de Palestina. Mi papá, oriundo de Alepo, Siria y mi mamá de Salónica, Grecia, llegaron con sus padres y hermanos en 1929. Los Cohen Levy, Ezra Zion y Simja, lo hicieron con tres hijos, de los que Salomón era el mayor, en 1930. Ignoro las razones por las que la mayoría eligió la parroquia San José, de Caracas, para establecer sus hogares. 

Los “hogares” eran en realidad casas de vecindad. Cada familia ocupaba una o dos habitaciones de aquellas grades casonas con muchos cuartos y un solo baño. Las bacinillas eran objeto imprescindible, y el baño corporal supongo que era esporádico, dada la cantidad de personas que convivían. Mi mamá, que fue una especie de cronista ad hoc de aquellos tiempos y de aquella comunidad, contaba que los Cohen Levy se alojaron en la casa donde, entre otras familias, estaba la constituida por mi tía paterna Adela Gamus de Lucy y su esposo David Lucy. Su hija mayor, mi prima Margot, sería amiga por siempre de Chula (Sulamit) Cohen , la hermana de Salomón. 

El amor de Salomón por Venezuela, como el de tantos de los que somos hijos de aquellos inmigrantes pobres y con muy poca o ninguna educación formal, se basa sobre todo en las oportunidades únicas que nos brindó este país 

Aquellos judíos orientales se comunicaban en árabe, algunos porque era su idioma materno y otros porque lo aprendieron en Palestina. Constituían una gran familia más que una comunidad. No construyeron una sinagoga, sino que alquilaban casas en San José o en La Candelaria, en las que se hacían los rezos y se alojaba a las familias más pobres que iban llegando. Los hombres se dedicaban a la venta por cuotas, de puerta en puerta; las mujeres a cuidar de sus familias. Ninguno de esos inmigrantes tuvo la oportunidad de estudiar más allá de una yeshivá, muchos eran semianalfabetas o lo eran del todo. En la medida en que fueron mejorando su situación económica, abandonaron las viviendas colectivas para alquilar sus propias casas. La familia Cohen Levy así lo hizo. 

Cuando tenía siete u ocho años de edad, fui con mis padres a una celebración que jamás olvidaré en casa de los Cohen Levy. En aquel patio descubierto alrededor del cual estaban los dormitorios, se encontraba instalada la orquesta Billo’s Caracas Boys con sus ritmos que nadie pudo nunca igualar. En un momento determinado la orquesta salió a la calle interpretando una conga, y los invitados formaron una larga fila que iba detrás de la orquesta danzando al compás de ese ritmo. 

Mucho más tarde, cuando ya adulta conocí los gustos musicales de Salomón Cohen , supe que su debilidad por el bolero, heredada por su hija Fanny, y su pasión por el baile de ritmos populares, siempre con Dita, su amor y pareja de toda la vida, venían de lejos, de aquellos tiempos remotos en que un joven de padres inmigrantes del Medio Oriente se integró a Venezuela y la hizo su verdadera patria. 

El amor de Salomón por Venezuela, como el de tantos de los que somos hijos de aquellos inmigrantes pobres y con muy poca o ninguna educación formal, se basa sobre todo en las oportunidades únicas que nos brindó este país. De haber permanecido en sus países de origen, el hijo de un zapatero remendón sería zapatero remendón, el hijo de un vendedor de frutas sería vendedor de frutas. Pero aquí los hijos de los más pobres y menos ilustrados de esos inmigrantes podían ser médicos o ingenieros –las dos profesiones más prestigiosas para los padres judíos– y también abogados, arquitectos o lo que quisieran ser. 

Siempre he creído que Salomón Cohen estuvo tocado por la suerte, como si un hada madrina lo hubiese hecho su predilecto. Gran parte de esa suerte, o mazal como se dice en hebreo, fue Dita, su novia eterna, la compañera de sesenta y cuatro años de su vida. En su libro de memorias, Dita narra el abismo cultural que separaba a su familia –los Kohn Wacher– de los Cohen Levy. Era casi imposible imaginar que una pareja de jóvenes provenientes de mundos tan diferentes pudiera superar ese choque de idiomas, cultura y costumbres. Pero lo lograron, y fueron la mejor muestra de los prodigios que produce el amor. 

El otro extraordinario milagro que signó la vida de Salomón fue su descendencia. Sus seis hijos son un ejemplo de unión, de amor fraternal que han legado a sus propios hijos. Tuve el privilegio de asistir a una boda, un Bar Mitzvá y los 80 años de Dita, celebrados todos en Panamá en febrero de 2015. Me asombraba ver con cuánto amor se saludaban cada día los veinticuatro primos, hijos de Fanny, Thalma, Carlos, Roberto, Freddy y Ricardo; caso único en una familia que comparte una misma empresa. Creo que esa ha sido la más importante de todas las obras que Salomón construyó en su vida. 

Concluyo con una anécdota: cuando se inauguró el Sambil de Margarita, coincidiendo con un cumpleaños de Salomón, me fue imposible asistir. Le envié entonces una nota manuscrita en la que decía que mi regalo era lo que había dicho mi mamá al conocer el Sambil de Caracas: estaba maravillada porque un hijo de Ezra Zion y Simja hubiese construido esa obra extraordinaria. Un amigo que estaba con Salomón, cuando leyó mi nota, me contó que se le salieron las lágrimas. Quizá porque solo alguien que tuvo orígenes tan humildes podía estar seguro de que su vida fue tocada por la suerte o mazal que Dios otorga a pocos de sus hijos, una suerte de elegidos. 

 

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