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OPINIÓN

El antisemitismo que rodea a Donald Trump


Jonah Shepp*

L a visita del presidente Donald Trump a Varsovia, antes de la cumbre del G20 en Hamburgo, fue un torbellino, con una agenda apretada que duró menos de un día. Estuvo tan ajustada, de hecho, que el presidente no fue capaz de “exprimir” un momento para detenerse ante el memorial al levantamiento del Gueto de Varsovia, y envió a su hija Ivanka en su lugar para que colocara unas flores en el sitio.

Con esa decisión, Trump se convirtió en el primer presidente de EEUU en casi 30 años que no presentó sus respetos ante ese monumento en su primera visita de Estado a Polonia. Los líderes de la comunidad judía local expresaron su decepción.

Al ocurrir pocos días después de que el presidente retuiteó un video de sí mismo “golpeando” a CNN, desde una cuenta que resultó haber sido utilizada también para enviar mensajes virulentamente antisemitas, esta omisión tenía que motivar la atención y crítica de los judíos de Polonia y Estados Unidos. También resultó sospechosamente conveniente para la agenda política del partido del actual gobierno polaco, como observa la periodista Annie Karni del portal Politico.com, ya que ese movimiento de derecha, “Ley y Justicia”, ha trabajado para reenfocar la memoria histórica del Holocausto en Polonia hacia las víctimas y héroes polacos (de los que, de hecho, hubo muchos), y alejarla de la virtual erradicación de la milenaria comunidad judía de ese país y, más aún, de cualquier complicidad polaca de esa atrocidad, cuya mera mención está buscando criminalizar el partido en el poder.

Esto no sugiere que el itinerario de viaje de Trump revele intenciones antisemitas, pero forma parte de un patrón de situaciones y categorías de retórica política que tiene un trasfondo antisemita.

En su discurso en Varsovia, Trump se refirió frecuentemente a “Occidente” y a “nuestra civilización”, llegando a decir con grandilocuencia: “La cuestión fundamental de nuestro tiempo es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”.

Esta aseveración, como observa Peter Beinart en The Atlantic, “solo tiene sentido como una afirmación de paranoia racial y religiosa: el ‘sur’ y el ‘este’ solo amenazan la ‘supervivencia’ de Occidente si uno ve a los inmigrantes no blancos y no cristianos como invasores. Ellos solo amenazan la ‘supervivencia’ de Occidente si por este se entiende una hegemonía blanca y cristiana. Así que cuando Trump dice que ser occidental es la esencia de la identidad estadounidense, está definiendo a EEUU en oposición a parte de su propio pueblo. Él no está hablando como el presidente de todo Estados Unidos. Habla como el líder de una tribu”.

Lo que hace que este lenguaje sea particularmente destacable en este contexto es que la multitud que el gobierno polaco trasladó para vitorear a Trump podría tener una visión aún más restringida de qué forma parte o no de Occidente. Si bien el partido Ley y Justicia no es abiertamente antisemita, no puede decirse lo mismo de todos sus partidarios, y su perspectiva de la historia traiciona cierto resentimiento por la prominencia que se otorga a la experiencia judía en el Holocausto. Reforzado por el populismo de derecha y la xenofobia del gobierno, el antisemitismo se ha puesto de nuevo en boga en la sede de Auschwitz y Sobibor, como en otros países europeos.

El partido derechista del primer ministro húngaro Viktor Orban, por ejemplo, puede insistir en que su reciente campaña de afiches que representaban a George Soros con la siniestra caricatura de un judío sonriente era solo sobre Soros, el individuo; pero ello no resulta convincente. No por casualidad, los gobiernos de Orban y Trump mantienen una relación preocupantemente amistosa. Orban dio la bienvenida a la toma de posesión de Trump como “el final del multilateralismo”, y alabó su mano dura para controlar la inmigración; el islamófobo asesor en antiterrorismo de Trump, Sebastian Gorka, fue asesor de Orban.

Trump podría sentirse atraído por nacionalistas europeos como Orban solo por sus suspicacias compartidas sobre el Islam, pero él está aparentemente ciego al antisemitismo que tiende a coexistir con esta variedad de islamofobia.

Asimismo, él no entiende, o no le importa, que sus diatribas contra el internacionalismo liberal y sus ataques a la prensa tengan su origen en teorías de conspiración de la vieja escuela antisemita, que sirven como silbatos de perro para los judeófobos, incluso cuando sus simpatizantes redefinen la expresión nazi lugenpresse y los miembros de la llamada alt-right (derecha alternativa) tuitean alegremente sobre un inminente journocaust (Holocausto del periodismo).

Con seguridad, el nuevo antisemitismo no es para nada exclusivo de la derecha; solo pregúntenle a quienes protestaban en Hamburgo qué opinan ellos sobre los judíos. Pero no es accidental que los actos antisemitas se hayan disparado un 86% en los primeros meses de la administración Trump, mientras la alt-right celebraba lo que percibían como su victoria. Así, ya sea por ego, ignorancia o disonancia cognitiva, Trump no está dispuesto –o no es capaz– de darse cuenta de la posibilidad de que él podría estar favoreciendo ese incremento.

De hecho, ni siquiera parece entender la relación. Eso no lo hace a él menos incierto.

*Periodista y escritor.

Fuente: New York Magazine (nymag.com). Traducción NMI.

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