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Contar o no contar, he ahí el dilema

 

Rabino Chaim Raitport

 

Un nuevo rico intentó ser admitido en un club exclusivo. Cuando se le preguntó por su patrimonio neto, respondió con orgullo: “$13.403.374,00”. La respuesta no tardó en escucharse. “Si aún cuenta su capital”, dijo la secretaria, “no es apto para nuestro club”.

Poco antes de que los israelitas partieran del Sinaí, Dios instruyó a Moisés para que hiciera un censo. El número total de hombres entre los 20 y 60 años fue de 603.550. Teniendo en cuenta que los jóvenes, las mujeres y los ancianos no estaban incluidos, el conteo fue bastante impresionante. Pero tal vez no lo suficientemente impresionante.

Citando el verso, “Y los israelitas se contarán como la arena del mar que no puede ser medida ni contada”, el Talmud señala una aparente contradicción. El inicio del versículo sugiere que se contará a los judíos pero, al mismo tiempo, serán demasiado numerosos para enumerarlos. El Talmud resuelve la contradicción al explicar que cuando Am Israel obedece la voluntad de Dios, son demasiado numerosos para contarlos, pero cuando no lo hacen su número disminuye y pueden enumerárselos.

El hecho de que pudiese contabilizarse a los judíos antes de su partida del Sinaí sugiere que estaban contaminados por el pecado. De hecho, el censo fue ordenado unos nueve meses después de que los judíos adoraran al Becerro de Oro; aunque se les había perdonado su pecado, aún no se había recuperado su número.

Nuestros sabios enseñaron que Dios contó a los judíos para mostrar su amor por ellos pero resultó que el censo realmente resaltó su vergüenza. ¿Por qué, entonces, los contaron?

Otra duda relevante: de toda la nación, la única tribu que no adoró al becerro fue la de Leví. Sin embargo, en lugar de ser demasiado numerosos para que los contaran, esta tribu era en realidad más pequeña que las demás. Mientras que las otras contaban con entre 30 y 50 mil hombres, los levitas eran apenas 20 mil. ¿Cómo se explica?

Dios le dijo específicamente a Moisés que no incluyese la tribu de Leví “entre los israelitas”. Nuestros sabios explicaron: “es apropiado que la legión real se cuente sola”.

La explicación simple de esta afirmación es que la “legión real” debería contarse sola, separada de entre los antiguos pecadores. Pero uno de los primeros maestros jasídicos ofreció una interpretación diferente y fascinante.

El Talmud relata que Dios les dijo a los judíos: “Así como ustedes me convirtieron en una entidad única, al afirmar ‘Escucha a Israel’, ‘Dios es nuestro Señor, Dios es uno’, así haré yo con ustedes. Son una sola entidad, tal como reza el versículo: ‘¿Quién es como tu nación Israel, una nación en la tierra’? “El mensaje aquí es que la unidad de la nación judía es similar a la unidad de Dios.

Cuando decimos que Dios es “uno”, no implicamos que Él sea el primero o el mejor, como a menudo lo define el número uno. Afirmamos que Él es el único y que no hay otros. En cierto sentido, Dios está más allá de la enumeración. “Uno” es un número; es cuantificable Si hay un uno, este podría ser seguido por un segundo, e incluso si no hay un segundo, estaríamos ante una situación de hecho, no de definición.

La unidad de Dios es diferente. No hay segundo porque, por definición, no puede haber otro. Su unidad es absoluta. De hecho, no tiene sentido asignarle un número. Los números se asignan a cosas finitas porque las cosas finitas terminan en algún punto y dejan espacio para que otras existan. Dios llena todo el espacio y no deja espacio para nada más. Si algo más existe, es solo en virtud de la existencia de Dios. Como dijeron nuestros sabios, “Dios es el espacio del mundo; el mundo no es Su espacio”. “Dios no es el primero, ni Dios es el mejor. Dios es el único. Una sola entidad; Él está solo.

Ahora podemos comprender el significado más profundo de las palabras: ‘Es apropiado que la legión real se cuente sola’”. No queremos decir que los levitas deben contarse por separado de los demás. No afirmamos que deban contarlos. Queremos decir que deben contarse en la forma en que se cuenta Dios. Dios es único, no puede contarse nada más junto a él. De la misma manera, su legión debería contar como una entidad única; sola, sin nada más que se enumere con ellos.

Cuando nuestros sabios dijeron que aquellos que obedecen la voluntad de Dios son demasiado numerosos para contarlos, no (solo) implica que son demasiado numerosos. Quiere decir que, al comprometerse con la voluntad Divina, Dios los absorbe y ellos se apegan a Él, lo que refleja su unidad infinita y singular. Había solo 22 mil levitas, pero como grupo reflejaban e irradiaban la unidad singular de Dios

Para lo cuenten, uno debe distinguirse de quien le sigue; donde uno termina, el otro comienza. Pero cuando una tribu se dedica completa y exclusivamente a Dios, se trata de reflejar su singular unidad. No los cuentan porque no se distinguen como seres separados. No tienen fronteras definibles propias. Se ven a sí mismos como existentes en virtud de la existencia de Dios. Se tornan más espirituales.

Entonces, ¿por qué se contó a los levitas?

El censo de los levitas fue requerido para otro propósito. El primogénito de cada familia judía fue originalmente destinado a servir en el Tabernáculo, independientemente de la tribu. Cuando Dios salvó a los primogénitos judíos en la última plaga que castigó a Egipto, declaró que de allí en adelante estarían dedicados a Su servicio.

Pero los primogénitos dejaron de ser elegibles para servir a Dios cuando participaron en el pecado del becerro de oro. Afortunadamente, el número de primogénitos de la nación coincidía casi a la perfección con el número de levitas. Se contó a los levitas para que se los pudiera emparejar individualmente con los primogénitos de la nación hebrea, de modo que pudiera reemplazárselos como los nuevos siervos de Dios.

Ahora que sabemos por qué se contó a los levitas, podemos volver a nuestra pregunta original: ¿por qué un Dios amoroso somete a sus hijos a un conteo que solo resaltaba su vergüenza?

El propósito del conteo era conectar a los judíos con los levitas. Desde el momento del pecado hasta el censo, los levitas habían disfrutado de un estatus elevado. Mientras las otras tribus se arrepentían y pedían perdón, los levitas se preparaban discretamente para su nueva labor como siervos de Dios en el lugar escogido para Su adoración. Cuando se emparejó a los levitas con los primogénitos, que representaban a Am Israel, toda la nación se elevó en sus méritos.

Antes de abandonar la escena de su transgresión, Dios le recordó a toda la nación, hubiesen participado o no, en el evento del becerro de oro, que estaban conectados y eran responsables el uno por el otro. La nación necesitaba de una guía, y se requirió que los levitas tutelaran. Su tarea era guiar y elevar a los antiguos pecadores, para llevarlos a un lugar donde ellos también, finalmente, serían únicos.

Ese es el comportamiento de un Dios amoroso. El Dios que quiere que nos amemos, que quiere que nos guiemos unos a otros de regreso a Su Hogar. Un Dios en cuyo amor nos regocijamos y por cuyo amor seremos finalmente bienvenidos de nuevo a Su presencia.

 

 

 

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