RETROVISOR

Nuevo hito de Nuevo Mundo Israelita

Dos mil semanas con la kehilá

Con este número NMI arriba a las 2000 ediciones, a la vez que cumple 43 años de publicación. Es un momento oportuno para reeditar artículos seleccionados de las ediciones 500, 1000 y 1500, que nos ofrecen una perspectiva sobre cuáles eran los principales temas y preocupaciones que reflejaban nuestras páginas en aquellos puntos de nuestro devenir histórico.

No hay nada nuevo bajo el sol

Nelly Lejter

Esta pieza de opinión exigía un enfoque diferente de la vida comunitaria, pocos meses después de que el “viernes negro” asestara el primer impacto de deterioro a un país que hasta entonces había vivido en la autocomplacencia.

“Nada cabe esperar de los hombres que entran a la vida sin afiebrarse por algún ideal; a los que nunca fueron jóvenes, les parece descarriado todo sueño. Y no se nace joven; hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere”

J. Ingenieros

E l tiempo pasa más rápidamente de lo que él mismo nos da oportunidad de comprender. Llega un momento repentino en el que uno se pregunta con la ansiedad de quien se encuentra ante una encrucijada y sabe que todos los caminos son válidos: “¿Y ahora qué?”. Durante años fuimos el centro de atención de entidades y personas de la comunidad que se empeñaron en demostrarnos adónde pertenecíamos y qué era necesario hacer con esa pertenencia. ¿Y qué es necesario hacer con esta pertenencia a la cultura judía y a la sociedad venezolana? La respuesta es obvia y por lo tanto desconocida: “ideales”. Para ser joven no es necesario tener 10 o 50 años; joven es todo aquel que puede decir: “me enamoré de un ideal, y en el camino hacia él, me enamoré del camino”. Porque un ideal implica amor a la vida, fe en la gente, pasión por la justicia, y todos estos elementos son esenciales en el Judaísmo.

¿Cómo encajan estos elementos dentro de las actividades comunitarias? Las instituciones comunitarias tienen todo lo que uno pudiera desear, y para todas las edades: bailes, teatros, foros, conferencias, actividades ideológicas, reuniones sociales, deportes… Entonces ¿por qué el activismo comunitario es tan pobre? Términos como apatía, “el peligro de la asimilación”, indiferencia, se repiten casi demasiado en los círculos preocupados. Y el quid de la cuestión está en que, a pesar de la rea­lidad, todos los grupos ofrecen lo mismo, de una u otra forma, aun los que estén siendo creados o reactivados hoy.

Puede ser que estemos errando las preguntas, los objetivos; puede ser que al joven de hoy no le interese aprender hebreo, o los rikudim o ser sionistas, porque cuestiona otros aspectos que todos callan. Preguntas sobre el materialismo de nuestros padres y su propia indiferencia, sobre el camino del Estado de Israel y sobre nuestra incierta posición —como comunidad— en la sociedad venezolana, sobre el significado de los preceptos judíos hoy, sobre la tendencia quizá paranoica y cegadora de la educación —tanto formal como informal— que se imparte a nuestros muchachos, etc., pero en fin: sobre los no-ideales.

Porque cualquier idea puede convertirse en un ideal, cualquier sueño; y ellos son la mejor manera que el hombre tiene de aferrarse a una vida que ni siquiera sabe si le pertenece totalmente, porque las grandes potencias están preparando la tercera guerra mundial, mientras nosotros comemos donas Made in Venezuela y vamos a Tutti-Frutti.



A propósito de Oriente Medio, año cero, de Shimón Peres

El Oriente Medio del mañana, una visión alternativa

Sergio Jablón

El escritor, libretista y humorista Sergio Jablón daba la bienvenida al enfoque optimista del libro de Shimón Peres, en aquella época plena de esperanzas en que la paz del Medio Oriente parecía estar al alcance de la mano. Si tan solo hubiera sucedido…

¿De qué nos ha servido el casi ya medio siglo de hostilidades con los árabes? De nada. ¿Tiene sentido mantener dichas hostilidades? En lo absoluto. ¿Existe alguna forma posible de eliminar de una vez por todas el estigma de zona roja del globo al Oriente Medio? Sí, formando un bloque económico entre los países de la región que permita iniciar un proceso de colaboración real, como única salida restante para lograr erradicar la miseria y sentar las bases sólidas sobre las cuales pueda asentarse la paz.

Tales parecieran ser las premisas básicas que orientan al recientemente publicado libro Oriente Medio, año cero, de Shimón Peres. A la evidente pregunta que sigue a continuación, esto es, a la forma en que tal proceso de colaboración debería ser llevado a cabo, el actual ministro de Relaciones Exteriores le dedica las tres cuartas partes del libro. Y no de forma teórica, como se ha venido planteando. Muy por el contrario, Peres sugiere una cantidad de medidas prácticas que podrían aplicarse de inmediato y que contemplan problemas tan inmediatos como la escasez del agua y la infraestructura de trasporte y comunicaciones, hasta la forma que debería tomar el futuro “Estado palestino” (una Confederación Jordano-Palestina), el problema de los refugiados y hasta el dilema tecnológico que enfrenta la mayor parte de las industrias, no solo en esa región sino en el mundo.

Si las citadas páginas del libro Oriente Medio, año cero hubiesen sido escritas por usted o por mí, digamos que todo lo anterior no pasaría de ser una “opinión alternativa interesante”, que remotamente podría llevarse a cabo (entendiendo este “remotamente” como un eufemismo por “de ninguna manera”). Pero que los planteamientos anteriores hayan sido formulados nada más y nada menos que por un ex jefe de gobierno del Estado de Israel, ex ministro de Trasporte y Defensa obviamente del mismo país, y actual ministro para Asuntos Exteriores y presidente del partido Laborista israelí, es realmente algo sin precedentes. Peres da un salto hacia el futuro y se permite vislumbrar más allá de la tragedia de Hebrón para advertirnos que, si seguimos tomándonos el presente de la manera en la que lo hemos venido haciendo (y se incluye), no será necesario que pensemos en el futuro, ya que nos estamos encaminando directamente hacia nuestra autodestrucción.

Más allá de la sorpresa que implica ver a un diplomático israelí reconocer que la guerra con el Líbano fue “un terrible error” o la insistencia para que Israel “abandone los territorios donde no tiene autoridad moral para gobernar”, lo maravilloso es la lógica aplastante que esgrime el ministro; Peres nos hace ver que mientras árabes y judíos nos seguimos matando, el resto del mundo se organiza para enfrentar el futuro con la esperanza de alcanzar grados de bienestar cada vez mayores. El mercado común entre Estados Unidos, México y Canadá es un hecho, y no sería de extrañar que muy pronto se les uniera el resto de los países de América Latina. La Comunidad Económica Europea crece y se prepara para dar la bienvenida a sus “hermanos menores” de Europa Oriental, en Asia nuevos “Tigres” surgen y se asocian con el aparentemente sólido Japón, mientras la India y China crecen aceleradamente a expensas de su enorme mercado interno. ¿Tiene sentido que en un mundo como el que se está estructurando en el Medio Oriente se siga desangrando y continúe destinando 60.000 millones de dólares anuales a la compra de armamentos? ¿Podrá hablarse de ganadores en países donde la miseria sigue permitiendo el surgimiento del fanatismo?

Peres nos pide que abramos los ojos a un mundo en el cual las fronteras han perdido su antiguo sentido. Ninguno de los países del Oriente Medio podrá crecer si no logran ampliar sus mercados, si israelíes y palestinos siguen esforzándose en intercambiar prisioneros en vez de unirse para fundar nuevas trasnacionales. Lo importante, insiste el ministro, no es “saber si, efectivamente, existe un nuevo orden en el mundo (cuando) todos sabemos que hay un nuevo mundo que espera un orden”.

Hay que unir esfuerzos para sembrar el desierto, para impedir que la cuna de las religiones más importante de la historia de la civilización occidental desaparezca en un mar de sangre y pobreza. El futuro exige que superemos nuestros antiguos resentimientos y trabajemos en conjunto. Nadie dice que vaya a ser fácil; pero tampoco ha sido sencillo sobrevivir de la forma en la que lo hemos hecho. Afortunadamente, la guerra perdió su sentido histórico. Masacres como la acaecida recientemente en Hebrón ya no son solamente estúpidas, ahora además son anacrónicas. El próximo reto, el verdadero, es aprender a superar el terror con el que hemos convivido las pasadas décadas y disponernos a crecer. Para iniciar ese nuevo camino, el ministro Peres ya nos otorgó algunas velas. De nosotros depende el saber qué iluminar y, lo más importante, el mantenerlas encendidas para siempre.



Una declaración incompleta e insípida

Aquiba Benarroch Lasry

En un agudo artículo de opinión, el recordado Aquiba Benarroch (Z’L) llamaba la atención sobre lo que consideraba una grave falla de las organizaciones comunitarias de nuestro continente

Entre el pasado 29 y 31 de octubre tuvo lugar en Argentina una reunión del Ejecutivo del Congreso Judío Latinoamericano, en la que se debía tratar el tema “Desafíos de las Comunidades Judías en Latinoamérica”. El tema es realmente de acuciante actualidad, y era de esperarse que las conclusiones a las que se llegara en esa importante reunión estuvieran a la altura de las circunstancias que se viven, no solo en Latinoamérica sino en todo el mundo.

Lamentablemente me llegaron a través de internet las conclusiones de la susodicha asamblea, y pude comprobar que se limitaba a una constatación de hechos, como la existencia de un recrudecimiento del antisemitismo en todo el mundo, la solidaridad con el Estado de Israel y la constancia de una desigualdad social y económica en nuestros países latinoamericanos, con sus consecuencias graves de hambre y desempleo, y a la recomendación de que las comunidades judías deberían colaborar en la solución de estos problemas.

Es notorio que las resoluciones de una conferencia que dura tres días siempre intentan resumir y decir generalidades, más que plantear serios programas de acción y de desarrollo. No estoy de acuerdo con este sistema, pues los problemas que abordó la reunión son de tanta importancia que merecían, por lo menos, un intento de encontrar si no soluciones definitivas, que casi nunca las hay, al menos un esbozo de un programa de acción que comprometiera seriamente a las dirigencias comunitarias de nuestro hemisferio.

En las conclusiones se comenta la parcialidad de los medios en cuanto a su hostilidad hacia Israel. Pero yo me pregunto, ¿qué se está haciendo en la práctica para contrarrestar esta tendencia? Un pequeño ejemplo. Escuché en una emisora local muy seria un largo comentario sobre los rumores de que Israel, a través del Mo­ssad, es el responsable del estado de salud, si no de la muerte ya anunciada, de Yasser Arafat, por un envenenamiento, algo que los medios árabes están difundiendo, pero la noticia que daba el locutor procede del Clarín de Argentina, de su corresponsal en Cisjordania. Cosas como estas envenenan el ambiente. Y hay que leer los foros que los periódicos europeos publican en internet para constatar el odio irracional hacia los judíos e Israel que muestran los participantes. Sabemos que Israel perdió hace tiempo la guerra de los medios, pero también los judíos en la diáspora estamos perdiéndola, con las consecuencias que ya están saltando a la vista.

¿Se olvidó la conferencia de la responsabilidad de la dirigencia comunitaria en el grave problema de la asimilación? Ni una palabra en este sentido, y menos aún un programa. ¿Y qué decir de la educación judía en la diáspora? ¿Es posible que esté peor que ahora? Tampoco ni una palabra. Y ambos son temas cruciales, que hay que abordar con coraje y con realismo. Y es una responsabilidad insoslayable de la dirigencia comunitaria. ¿Qué hay de la educación judía informal? Menos mal que hay iniciativas particulares que dan alguna vida a esta actividad. Pero, ¿no debería esta ser una preocupación del Congreso y de la dirigencia comunitaria?

¿Por qué no se habló de la responsabilidad política de los dirigentes comunitarios? ¿Qué pasa con el asunto Beraja? ¿Tiene o no tiene alguna responsabilidad en la tragedia de la AMIA? ¿Por qué no se aborda con serenidad la forma de hacer política de los dirigentes comunitarios? ¿Se olvida la enorme responsabilidad histórica que asumen los que pretenden dedicarse a dirigir las comunidades? ¿Por qué no se democratizan un poco más las comunidades?

No quisiera parecer aguafiestas, porque yo también he pertenecido al Ejecutivo del CJL, pero precisamente por eso estoy preocupado y he creído que es deber de conciencia expresar mis inquietudes. Ojalá que no caigan en saco roto.

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