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VIDA RELIGIOSA

¿Es el dinero la raíz del mal?

Chaim Raitport

rabinoraitport@gmail.com

Rabino de la Unión Israelita de Caracas

E n la lectura de la Torá de esta semana, Dios ordena a la nación hebrea que edifique el Mishkán (Tabernáculo) para que habite en medio de ellos. La parashá se extiende en la descripción del oro, plata y otros metales preciosos que fueron usados para diversos fines en el Tabernáculo, y siglos más tarde en el Beit Hamikdásh. Un énfasis aparentemente excesivo se coloca sobre los elementos materiales, teniendo en cuenta que el Mishkán aborda cuestiones espirituales.

Se cuenta la historia de un hombre pobre que, a pesar de su escasez, siempre invitaba extraños a compartir en su casa una comida casera. Su generosidad era más que especial debido a su estrechez económica. Por su bondad, fue bendecido con riquezas y pronto se encontró viviendo en una gran mansión. Un cambio comenzó a sucederse.

Poco a poco, los menesterosos dejaron de ser bienvenidos en su casa. Primero una insinuación, luego una sugerencia. Finalmente, no los dejó pasar a su nuevo hogar, para que no estropeasen las alfombras blancas, tejidas a mano. Él desdeñaba sus súplicas de ayuda, sugiriéndoles que debían trabajar y esforzarse más.

La noticia de su comportamiento se difundió rápidamente, y pronto el nuevo rico se vio rechazado por sus antiguos amigos y colegas. Desesperado, pidió consejo a un sabio rabino. Mientras hablaban en la mansión, el rabino señaló un enorme espejo situado en la pared frente a la calle. Fingiendo ignorancia, el erudito afirmó: “¡Qué ventana más extraña, me veo a mí! ¿Dónde están las personas en la calle?”. El hombre se echó a reír. “Rabí, no es una ventana, es un espejo”. “No entiendo”, dijo el rabino, “el espejo es de vidrio, al igual que una ventana”. “Si no fuera más que vidrio, sería capaz de ver a través de él. Pero como tiene una capa de plata agregada, usted solo se ve a sí mismo”. “¡Ajá!”, dijo el sabio. “Ahora entiendo el problema. Desde que se te agregó dinero, solo te ves a ti mismo”.

No hay nada malo en poseer riquezas materiales, siempre y cuando se utilice en forma adecuada y conveniente. Nuestra parashá enseña que los materiales preciosos, que son lo más ilustrativo de lo lujoso, pueden utilizarse para el servicio a Dios. Todo lo que se utiliza de manera apropiada puede ser elevado y utilizado para fines espirituales.

Un reconocido tzadik cierta vez visitó un campamento de verano. Vio un aviso en la oficina que decía: “El dinero es la raíz de todo mal”. El tzadik comentó que el texto del cartel era incorrecto. El dinero, como todo lo demás, se puede manejar positivamente o de manera negativa. Todo depende de la persona que lo utiliza.

Esta idea se resalta en un versículo de nuestra parashá: “Harán también para mí una morada, y yo residiré dentro de ellos”. La Torá no dice “en su interior”, sino “dentro de ellos”. Enseñanzas jasídicas explican que “Dios desea una morada en el mundo material”, y ello se logra a través de nuestro cumplimiento de las mitzvot (preceptos).

A través de la utilización de elementos materiales para lograr alcanzar la espiritualidad, construimos una morada para la divinidad y la espiritualidad. Así la Presencia Divina mora “en ellos”, en cada individuo.

Cuando Dios nos concede un hogar en el cual nos dedicamos al estudio de la Torá, el cumplimiento del shabat, recibir huéspedes en las festividades, convertimos los ladrillos y el cemento en un hogar para Dios.

Cuando Dios nos concede riquezas y las utilizamos para la caridad en todas sus formas y acepciones, el esfuerzo que ponemos en nuestras actividades se convierte entonces en el esfuerzo para sustentar a los pobres, el estudio de la Torá y su difusión a los que tienen sed de ella. Nuestra actividad mundana se convierte en un vehículo para cumplir con la voluntad divina.

Cuando Dios nos concede sabiduría y conocimiento, y los utilizamos para estudiar Torá y enseñársela a nuestras familias y semejantes, nuestra mente se convierte entonces en un lugar donde Dios habita.

Mediante los elementos materiales de este mundo físico, está dentro de nuestra capacidad dibujar la divinidad en la cotidianidad de nuestras vidas. En el proceso, experimentaremos una nueva dimensión de propósito y significado en nuestra existencia.

Como dijo el Maguid de Mezeritch: “Dios nos provee de elementos materiales, tomamos entonces lo físico y lo trasformamos en algo divino”.

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