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Hillo, mi mentor comunitario

Raúl Cohén

T e escribo inspirado en el legado que nos dejaste.

Hillo, comencé mi vida comunitaria hace muchísimos años contigo. Recuerdo tu primera presidencia de la Unión Israelita. Eras un Hillo duro, de mirada profunda y convincente. “Hablaba el señor Hillo”. ¡Guao!

Pasaban los años y tantos recuerdos, vivencias y ejemplos que contar que llenaría una resma de papel completa. Pero quisiera compartir solo algunos, muy poquitos. Recuerdo que levanté la data del Cementerio General del Sur, que para el momento no existía. Fueron semanas con el rabino Miletsky en el cementerio, con el agravante de ser Cohén. Te llevé un plano y la data; recuerdo que era una tarde lluviosa, y me dijiste “dame el plano”. De pronto, “el señor Hillo”, con los ojos enrojecidos, me dijo: “Aquí debe estar el nombre de mi hijo”. ¡Qué momento tan duro!

O cuando me dijiste “Tráeme al embajador designado a Israel” (el último, por cierto). Y en una cena en tu casa, la “casa comunitaria”, aprendí del amor a una comunidad, el amor a Israel y el amor por todo lo que se hace cuando uno quiere.

Así, Hillo, muchísimas cosas más: ministros, amigos, militares, no había a quien yo no comentara que debían conocer a un hombre que lo dio todo por su comunidad, por su gente y por Venezuela. ¡Cuántas vivencias, Hillo! Cuántas visitas a tu oficina, a tu “búnker”; cuántas veces te consulté y salía satisfecho con tu sabio consejo. Contigo compartía hasta mi desempeño extracomunitario (Puerto Azul y la Asociación de Clubes). Cada vez que necesitaba de ti, decías “Venga a mi oficina, Raúl”. Recuerdo tu esfuerzo de mediador en uno de los avatares comunitarios, en un restaurante de Los Palos Grandes (algunos lectores lo deben recordar); tu don de justicia y de equidad. En fin, Hillo, ¡cuántas vivencias!

Por último me dijiste, agarrándome fuertemente del brazo: “Raúl, ayuda lo más que puedas a la comunidad, que ya no regreso”. Confieso que me hice el desentendido, pero comprendí que era el último adiós.

Sobre tu accidentada pero fructífera vida muchísimo se ha escrito. Se lo dejo a quienes lo hacen seguro mejor que yo. Solo sé que te acompañé en todas tus actividades, y que recientemente emprendiste como uno de los mejores exponentes del lado más oscuro de la historia de la humanidad, la Shoá. Cada vez que hablabas en tus conferencias, lloré una y mil veces como un niño chiquito. Cómo no recordar la visita a la Asamblea Nacional, donde se nos decía “entre 5 y 10 minutos”. Hablaste por 29 minutos exactos, y el país nacional se estremeció; porque tu verdad, Hillo, es nuestra verdad, que solo tú sabías como expresar.

Así, Hillo, mi querido Hillo, tuve la dicha, el privilegio y el honor de compartir hace poquitos días contigo. Hablamos de todo, me preguntaste por todos, por mi familia, hijos, nietos, y por la comunidad. En estos momentos difíciles, la preocupación estaba latente en tu rostro. Por último me dijiste, agarrándome fuertemente del brazo: “Raúl, ayuda lo más que puedas a la comunidad, que ya no regreso”. Confieso que me hice el desentendido, pero comprendí que era el último adiós.

Solo te pido, Hillo, ilumínanos, bendícenos y ayuda a tu comunidad, a la que tanto diste en vida; te juro que honraré esa promesa hasta por encima de mis fuerzas, tan solo porque me lo pidió mi mentor comunitario, al que jamás fallaré.

Desde donde estés ahora, con la calma del reposo del guerrero que vino a este mundo a hacer el bien, bendícenos a todos y a tu amada Venezuela.

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Hillo, comencé mi vida comunitaria hace muchísimos años contigo. Recuerdo tu primera presidencia de la Unión Israelita. Eras un Hillo duro, de mirada profunda y convincente. “Hablaba el señor Hillo”. ¡Guao!

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