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Hillo Ostfeld, Z’L
2 Marzo, 2018
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Hillo, un mentsch

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Hillo, un mentsch

Martín Goldberg

H illo fue un comunitario excepcional, que quedó marcado por el hecho, como el mismo contó en repetidas oportunidades, de lo que significó para él la existencia de una comunidad en su Rumania natal. Tras ser liberado por los rusos llegó a una ciudad, prácticamente desnudo, sin nada, y buscó a “la comunidad”. Inmediatamente lo ayudaron a recomenzar su vida, lo que posteriormente, y gracias a su tenaz esfuerzo, se convirtió en la carrera exitosa que siguió a la tragedia que había vivido.

Ya había en él una semilla de altruismo y solidaridad que demostró aun antes, durante su reclusión, pero la ayuda recibida por parte de la comunidad fue algo que le acompañó hasta el final y nunca olvidó. Por ello su entrega a colaborar en mantener una kehilá a la cual la gente pudiese acudir cuando lo necesitara.

Para Hillo, ayudar a los necesitados fue una misión de vida. Uno podía llegar a su oficina en repetidas oportunidades, y en casi todas observaba cómo, de la manera más discreta, él iba girando instrucciones de ayudas para diferentes personas o instituciones, de su propio patrimonio; esto, aparte de lo que hizo de manera similar como presidente de la UIC.

Siempre decía: “Si alguien viene a pedir una ayuda, si está dentro de mis posibilidades, no puede salir de aquí sin esa ayuda”.

Siempre decía: “Si alguien viene a pedir una ayuda, si está dentro de mis posibilidades, no puede salir de aquí sin esa ayuda”. En ese mismo orden de ideas, recuerdo con claridad una reunión de la UIC en la que un grupo de la Comisión de Finanzas trataba de explicar angustiosamente por qué las cifras estaban en rojo; entonces Hillo intervino y calmó la apremiante situación diciendo, palabras más, palabras menos, “Escuchen, si me mostraran cifras en negro, que reflejaran un estado de resultados positivos, les diría que algo deben estar haciendo mal, que han dejado de ayudar a algunos o no han hecho lo suficiente. Esta institución no es una empresa para ganar dinero, sino que está al servicio de la comunidad. Entonces lo que debemos hacer, en lugar de justificar el rojo, es un plan para salir a levantar más fondos, para poder pagar las cuentas y ayudar a más personas que lo necesiten”.

Otro hecho que no puedo dejar de mencionar sobre Hillo es el respeto que tuvo por los presidentes y directivos más jóvenes de la UIC y de otras instituciones. Uno podría pensar que una figura como él, con su carácter fuerte y decidido, con todo el poder institucional y personal que había acumulado durante años de acertada y exitosa labor, sería una pesada sombra que estaría influenciando o presionando sobre las directivas institucionales. De hecho hubo gente que, desconociendo este respeto al que hago referencia, lo llamaba buscando su apoyo, o que de alguna manera él influenciara o cambiara decisiones; y hubo aún más gente que, sin estar muy involucrada en la toma de decisiones, se atrevía a pensar que una llamada a Hillo habría cambiado o cambiaría alguna que otra decisión. Nada más equivocado. Hillo respetó íntegramente a las juntas directivas que lo sucedieron y a las que lo antecedieron, sin importar si podíamos haber sido los compañeros de sus hijos o los hijos de sus amigos, sin importar si él mismo estaba o no de acuerdo con determinada decisión. Él aclaraba su posición, la justificaba y agregaba, como lo vi hacer en varios y distintos períodos: “Pero yo respeto la decisión de la mayoría, y me hago solidario como miembro de la institución”. Luego se volteaba hacia el presidente de turno, y mirándolo directo a los ojos le decía: “Tú eres el presidente en este momento, tienes la última palabra, y yo y todos los demás te vamos a apoyar”. Ese es el Hillo que yo conocí: un mentsch.

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Hillo fue un comunitario excepcional, que quedó marcado por el hecho, como el mismo contó en repetidas oportunidades, de lo que significó para él la existencia de una comunidad en su Rumania natal.

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