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Un hombre lleno de vida

Rachelle Krygier

C uando se nos va un ser cercano, nos damos cuenta de cómo nuestros días pasan y pasan, e inmersos en nuestras rutinas no nos paramos a pensar en lo preciada que es nuestra existencia y lo que significa para los que tenemos cerca. Y es que la existencia de mi abuelito, ahora que no está físicamente aquí, está definida por cómo todos los que tuvimos la suerte de tenerlo cerca reflejamos su influencia, su legado, en nuestro día a día.

Yo ahora siento a Adada más cerca que nunca. Lo siento conmigo en mis ganas de aprender de otras personas y de mí misma, de disfrutar de mi familia y de mis seres queridos, en mis ganas de enriquecerme de cada momento y de demostrarle a Adada que su ausencia no es ausencia porque está en mí.

Nos dejó un gigantesco vacío, pero a la vez unas infinitas ganas de comernos el mundo como él lo hacía.

Fue un hombre lleno de vida. Muy pero muy intelectual, y a la vez increíblemente bromista. Nada como sus lecciones de vida, pero tampoco como sus chistes, ni como sus carteles de Einstein con la lengua afuera en su biblioteca con libros subrayados y hasta tirados por el piso. Ni como la manera en que siempre se ensuciaba la camisa cuando comía, o en que gritaba “¡Maríaaa!”, preguntando por mi abuela para que le hiciera esto o lo otro… simplemente porque no sabía vivir sin ella al lado.

Con cada paso que dio, nos enseñó que todo se puede siempre que haya ganas, pasión y voluntad. ¡Con solo decir que a los setenta y pico años decidió tomar clases de piano!

Estudió dos carreras: Contaduría de día y Derecho de noche, mientras luchaba junto a la juventud contra el dictador cubano que vino antes de Fidel. Hizo posgrado en Estados Unidos, manteniendo su relación con mi abuela a través de larguísimas cartas poéticas. Fue a buscarla a La Habana, se casaron y se la llevó con él a Nueva York. Un año después decidieron volver al clima tropical en el que crecieron, pero ahora en Venezuela.

Adada comenzó trabajando para compañías internacionales hasta que montó su propia firma de consultoría, Krygier y Asociados, por la que muchos todavía preguntan cuando uno dice Krygier. Fue profesor en las universidades más reconocidas del país, además de columnista fijo en El Nacional. Fue también miembro de la junta directiva de la Unión Israelita por muchos años. Adada fue una institución, hasta el punto que hasta hace nada todavía nos preguntaban qué decía sobre lo que iba a pasar en Venezuela. Y cómo le hubiera gustado ver a este país recuperarse, después de todo lo que el país le dio, y lo que él le dio al país.

Pero mucho más allá de su vida profesional que estuvo llena de puros retos cumplidos, siempre he pensado que una de las cosas más impresionantes de Adada es que haya podido relacionarse con cada miembro de la familia de manera tan individual. Nada como sentarse con él por horas a decidir qué hacer con nuestras vidas, y eso con cada hijo, yerno, y nieto.

Si cualquier interés por cualquier cosa salía por mi boca, al día siguiente tenía al menos 10 emails de él sobre el tema, 15 libros y 4 recortes de revistas. Conmigo quizá hablaba sobre si estudiar Economía o Periodismo, mientras a mis hermanos los llamaba para ver juntos tal o cual partido de fútbol, discutir cuál era el mejor jugador, y por supuesto nunca faltaba un: “¿Pero qué es lo que quieres hacer? ¿Y por qué eso? ¿Estás seguro de que eso es lo que más te gusta? ¿Por qué?”. Y es que no existía dar un paso sin antes preguntarle a Adada su opinión.

No importaba cuál fuera tu tema, lo que importaba era que supieras qué era lo que te gustaba y perseveraras en eso.

Tanto éxito tuvo imprimiendo su filosofía en nosotros que la semana pasada mi abuela estaba recogiendo su casa, y encontró un papel con una lista sin título que nos ratificó que las cosas que decíamos haber aprendido de él, eran exactamente las que él quería enseñarnos. Era como su lista de 21 mandamientos, e incluía cosas como: “apreciar la vida,” “aprender continuamente,” “hacer lo que amas,” “cultivar las relaciones,” “ser persistente,” “confiar en sí mismo.”

Eso es Adada hoy, esa convicción que todos tenemos de amar lo que hacemos, amar nuestras vidas, y amar a los que nos rodean. Y aunque me senté a escribir esto con mucho dolor en mi corazón, hoy toda mi familia y yo estamos felices. Nos reconforta saber que Adada vivió la vida que quería vivir. Que cada minuto contó. Que se realizó en el ámbito profesional, que creó esta familia por la que todos daríamos la vida. Y sobre todo que está tranquilo porque nos dejó a mi abuela Mima, que sí lo pudo cuidar a él como lo hizo toda la vida, con tanto amor y tanta entrega. Será el motor de todos, para continuar con su legado de vivir nuestras vidas a plenitud en todos los sentidos.

Redacción NMI

Con información de Cultura corporativa y desarrollo empresarial

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