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ESPECIAL

“Irma”: nuestro primer huracán

Mercedes Chocrón de Russo* / Exclusivo para NMI

L a noticia indeseada llegó el lunes 4 de septiembre, cuando en Estados Unidos se celebra el Labor Day (Día del Trabajador). Ese día, todo el mundo anda de asueto, descansando, o simplemente pensando en aprovechar los últimos descuentos que ofrece el consumismo americano. Todo lo que diga sale es oportunidad de compra. Y de repente nos azotó la certeza de que a la Florida iba a llegar, con una fuerza hasta ahora desconocida en categoría 5, un temible huracán llamado “Irma”.

Comenzó el nerviosismo, las compras compulsivas en todos los supermercados, el gigante “Costco” estuvo sold out apenas el martes 5 en la mañana. Vimos colas interminables en todas las gasolineras, falta de materiales para sellar ventanas y puertas en los grandes almacenes ferreteros, escasez de agua potable, de alimentos no perecederos y comida en todas sus versiones, hasta la comida chatarra… Cualquier parecido con la realidad venezolana era pura coincidencia. “Nos persigue el caos”, susurrábamos asombrados mi esposo Salomón y yo.

Los preparativos ante la inminencia de “Irma” no parecían suficientes. En el trabajo, los negocios, las oficinas y escuelas, cubrieron sus espacios y protegieron sus ventanas para disminuir la vulnerabilidad al máximo. A todos nos asustaba pensar precisamente en eso, en lo vulnerables que somos. ¿Cómo se contrarresta eso? ¿Qué nos podía proporcionar mayor dosis de seguridad? La respuesta parecía estar alrededor de las compras, compras compulsivas. Que no faltara nada… y si era posible, huir…

En Florida, acostumbrados a estos eventos de la madre naturaleza, dicen que hay que estar preparados para lo peor, pero siempre esperar lo mejor. La esperanza y la fe siempre prevalecen sobre cualquier predicción nefasta. Nadie quiere revivir las embestidas de “Andrew” o “Wilma”. Las heridas de esas temibles tormentas no se han cerrado. Los shutters (postigos para asegurar ventanas y puertas) no son siempre suficientes para impedir que el viento rompa un vidrio, que un techo salga volando, que un árbol caído destruya un carro o que un poste de electricidad se caiga y la energía se extinga por días interminables. El caos pica y se extiende. La tormenta siempre deja secuelas. Hay que prevenir.

Mucha gente de Florida aseguró su casa lo mejor que pudo con todos los implementos apropiados, y decidió tomar la carretera a ver qué tan lejos podía escapar del huracán. Orlando, Gainesville, Panama City, Tampa y Atlanta fueron los destinos más populares entre los floridanos, a quienes el exuberante tráfico y la ausencia de gasolina hicieron más tortuoso el periplo. Con más suerte, otros consiguieron vuelos para alejadas tierras donde se suponía no llegaría la tempestad: Washington, Boston, Nueva York. ¿Decisiones más afortunadas? Difícil saberlo.

El regreso a casa luego del temporal siempre sería incierto. Nosotros creemos que la “mano de Dios” siempre va delante de cualquier decisión.

Se dijo que más de cinco millones de personas abandonaron el estado de Florida, y casi dos mil judíos invadieron Atlanta. Las previsivas asociaciones de Jabad y otras organizaciones judías religiosas, como Beit Yaacov, ya tenían la logística preparada para los correligionarios que llegaran en busca de hospedaje, y todo lo necesario para que fuera posible pasar un shabat en regocijo. Oí decir a muchos amigos y familiares, a quienes les tocó ir allá, que nunca se habían sentido tan queridos y reconfortados.“Conseguimos gente linda y amable que no nos conocía, que nos ofreció su casa y comida y se preocupó por nuestro bienestar en todo momento”, comentaron algunos allegados. La solidaridad del pueblo judío es a toda prueba. Nunca deja de maravillarnos.

Finalmente se confirmó el pronóstico de la llegada de “Irma”, en categoría 4, para el sábado 9 por la noche. El huracán comenzó a azotar por Key West y, justo en ese momento, se empezó a sentir el embate implacable de los vientos. Qué sonido tan espeluznante. Nunca había oído un gemido más electrificante. Todos estábamos acuartelados, encerrados en nuestras casas, dependiendo solo de los medios de comunicación para estar informados sobre su avance. Esa tormentosa noche “Irma” se sintió con ganas. Y rezamos, rezamos mucho.

Al amanecer del domingo 10, el trepidante ruido del viento no nos dejó dormir más. Sellamos aún más nuestras ventanas con muebles y objetos pesados que impidieran cualquier irrupción en nuestro apartamento. Vivimos el domingo más largo de la historia. El poder de la electricidad nos abandonó. Benditos sean los celulares aún cargados como para durar todo el día, y así poder mantener comunicación con nuestros familiares y amigos. Bendita la vecina que nos prestó un diminuto radio de bolsillo que nos permitió seguir paso a paso el recorrido de “Irma”. Y así supimos, entrada la tarde, que tras su paso por el suroeste de Florida, se estaba dirigiendo ya más debilitada por la costa oeste hacia otros lugares. La esperaban, menos impetuosa y dañina, Fort Myers y Tampa, ya reducida a categoría 2.

Para las diez de la noche de ese eterno domingo, sabíamos que el impacto de ”Irma” en nuestro territorio no había sido tan catastrófico como se presagiaba. Su paso había arrastrado árboles, techos y carros y, desafortunadamente, tres vidas registradas hasta la fecha, luego de venir con más de una veintena de muertes de su travesía por el Caribe. Los residentes de la Florida nos debíamos considerar afortunados, pues los mayores daños, en especial los de la interrupción de la energía eléctrica, tendrían reparación.

La ausencia de luz nos hizo reunirnos con nuestros hijos, como familia, muchas veces alrededor de la mesa. Nos obligó a conversar y compartir miedos y esperanzas. Además de comer más de la cuenta, nos contemplamos y escuchamos más tiempo que el que la rutina nos permite. Nos obligamos a pensar más en el presente, en el futuro, en mejorar… En agradecer a Dios por las bondades recibidas y apreciar lo que tenemos.

Con este vendaval, descubrimos que somos más vulnerables de lo que imaginamos. Ni la tecnología, ni los especialistas en la materia, ni los analistas expertos con todo su poder de esclarecimiento, tienen una idea completa de la fuerza de un evento tan devastador e imprevisible como un huracán. Su trayectoria es, además de impredecible, misteriosa.

Estamos preparados y nos asesoramos con mucha información pertinente, pero a fin de cuentas es la fuerza de Dios la que nos vigoriza y nos protege frente a lo desconocido. Con tormentas como “Irma”, nuestro primer huracán desde que vivimos en Florida hace año y medio, confirmamos que somos vulnerables, y que eso no está mal. Al contrario.

*Periodista, colaboradora de NMI

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