DOSSIER

Isaac Singer y el nacimiento de los artefactos domésticos

No solo perfeccionó la máquina que revolucionaría el trabajo en el hogar y la industria, sino que inventó técnicas de venta que prefiguraron la economía contemporánea

Sami Rozenbaum

L a máquina de coser fue una de las innovaciones tecnológicas de mayor impacto de todos los tiempos, pues permitió la producción en masa y el abaratamiento de la ropa que demandaban las crecientes clases medias y obreras.

Ya desde principios de la Revolución Industrial se habían inventado varios tipos de máquinas para facilitar el tejido, pero eran complicadas y no había forma de producirlas en grandes cantidades. Hubo muchos intentos de mejorarlas, al punto que la Oficina de Patentes de Estados Unidos registró anualmente más de 500 diseños y mejoramientos durante las décadas de 1820 y 1830.

En los primeros años de ese siglo XIX llegó a Nueva York una pareja de inmigrantes, el judío húngaro Adam Reisinger y su esposa, la holandesa Ruth Benson. En su nuevo país simplificaron su apellido a Singer. Adam se dedicó a la agricultura, y también trabajó como obrero de molinos; el 27 de octubre de 1811 tuvieron un hijo al que llamaron Isaac.

El hogar de los Singer era lo que hoy llamaríamos disfuncional, debido a la infidelidad de Adam. A los 11 años de edad, poco después de que sus padres se divorciaran, Isaac huyó de la casa para unirse a un grupo de artistas ambulantes. A los 19 años se casó con una chica de apenas 15, Catherine Haley, pero pronto mostró la misma tendencia de su padre a ir detrás de otras mujeres: mientras recorría el país con un grupo de teatro se unió a Mary Ann Sponsler, sin decirle que ya era casado. Estas aventuras tendrían consecuencias muchos años después.

Como la vida artística no le daba suficientes ingresos, Singer tuvo varios empleos, entre ellos el de vendedor en una tienda y mecánico, pues de adolescente había sido aprendiz en un taller. Pronto descubrió que tenía una fuerte inclinación hacia las máquinas, y en 1839 patentó una taladradora de rocas que vendió a una firma constructora de canales de navegación por la importante suma de 2000 dólares (unos 50.000 al cambio actual). Pero como lo que más le interesaba era el teatro, invirtió el dinero en su propia compañía de artistas, cuyos protagonistas principales eran él y Mary Ann.


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En 1849, nuevamente sin dinero, Singer patentó otra máquina, esta vez una que permitía tallar madera y metal. Tras varias dificultades, como la destrucción de su primer prototipo a causa de la explosión de una caldera, en 1850 Singer se radicó en Boston luego de conocer a un inversionista que lo apoyó, el impresor G. B. Zieber, con la intención de ofrecer su invento a la industria editorial. El lugar donde expuso la máquina fue el taller de impresión de Zieber y su socio Phelps, pero no logró concretar ventas.

En ese taller se construían y reparaban máquinas de coser de la marca Lerow & Blodgett. El propietario le sugirió echarles un vistazo, pues el procedimiento de armar y arreglar esas máquinas era muy engorroso. Tras observarlas, Singer concluyó rápidamente que el funcionamiento de los artefactos sería más confiable si la “lanzadera” se moviera en línea recta en lugar de en círculos, y utilizara una aguja recta en vez de curva. Además, decidió que era mejor que la tela estuviese en posición horizontal y no vertical como se hacía en ese entonces. En 1851 patentó estas mejoras, y construyó un prototipo que resultó muy práctico: podía coser 900 puntadas por minuto, en lugar de las 40 que lograba una costurera experimentada.

Fascinado por estas máquinas, Singer estudió la historia de su desarrollo en el siglo precedente, y se dedicó a simplificar su funcionamiento a través de la observación del movimiento de las manos de sastres y costureras. La máquina de coser más importante hasta el momento era la inventada por Elias Howe, pero en ella había que detener el proceso de costura a cada momento para añadir hilo al mecanismo, algo que Singer logró evitar con su propio diseño.

Al registrar su patente, Zieber, Phelps y Singer crearon la firma I. M. Singer & Company. En 1853 establecieron una fábrica en Nueva York, y poco después el diario The New York Times destacaba las características de su máquina: “Ha recibido el primer premio en la última Feria del Estado de Nueva York, y una medalla de oro en la Feria del Instituto Estadounidense (...) Estas máquinas son mucho más perfectas, pues su inventor les ha añadido varias mejoras importantes. Las máquinas ejecutan todo tipo de costuras y puntadas, con una fuerza, durabilidad y belleza nunca antes logradas”.


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Al principio la venta de las máquinas tropezó con barreras culturales: algunos médicos y moralistas temían que la salud y el “honor” de las mujeres se vieran afectados si dejaban el hogar para trabajar con máquinas en una fábrica, o incluso si lo hicieran en sus casas

Conflictos de patentes y producción en masa

En aquella época eran frecuentes las demandas por infringimiento de patentes, cuando un inventor consideraba que sus innovaciones habían sido utilizadas por otros. Elias Howe demandó a prácticamente todas las compañías que manufacturaban máquinas de coser. Para acabar con estos costosos litigios, en 1856 se llegó al primer acuerdo de combinación de patentes, por medio del cual se pagarían regalías por cada máquina producida a los titulares de patentes que no tenían discusión, sobre todo el de Howe.

Durante las guerras de patentes todas las compañías habían trabajado arduamente para desarrollar sus propias tecnologías, así que un efecto positivo fue la aparición de muchas innovaciones y mejoras. Finalmente, el arreglo legal permitió liberar las fuerzas de la competencia. I. M. Singer & Company produjo 2564 máquinas en ese año 1856, pero para 1860 ya fabricaba 13.000, y poco después estableció una nueva planta en Nueva Jersey.

Isaac Singer introdujo el sistema de piezas estándar intercambiables inventado por los fabricantes de armas Samuel Colt y Eli Whitney, con el fin de simplificar, acelerar y abaratar la producción. Con ello sus máquinas se hicieron más asequibles, no solo para la industria de la confección y los sastres, sino incluso para los hogares, pues Singer había decidido que ese sería su mercado principal. El mayor reto sería lo que hoy llamamos mercadeo.


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Singer estaba bien dotado para afrontar ese desafío. Su experiencia como vendedor, y sobre todo como actor, se sumaba a su carácter extrovertido y buen aspecto. Entendió que había que hacer demostraciones bien montadas que atrajeran a las damas, explicándoles la facilidad de uso y utilidad de sus máquinas para producir el vestuario de su familia, así como elementos decorativos para su hogar; también hizo que las máquinas resultaran cada vez más pequeñas y silenciosas, las adornó, y les diseñó muebles atractivos para el hogar. En 1857 contrató jóvenes costureras que comenzaron a demostrar las máquinas en los exhibidores de varias tiendas importantes en Nueva York y otras ciudades, y causó sensación.

Otra innovación de Singer fue vender las máquinas a crédito, lo que permitió que muchas familias de recursos limitados pudiesen adquirirlas. La máquina de coser creó fuentes de trabajo para muchas mujeres, tanto en fábricas como en sus hogares.

Sin embargo, al principio la venta de las máquinas tropezó con barreras culturales: algunos médicos y moralistas temían que la salud y el “honor” de las mujeres se vieran afectados si dejaban el hogar para trabajar con máquinas en una fábrica, o incluso si lo hicieran en sus casas. Una táctica de Edward Clark, abogado y socio de Singer, fue vender máquinas a mitad de precio a las esposas de varios pastores de la iglesia, quienes demostraron que coser a máquina no era peligroso desde el punto de vista moral; al contrario, pronto se convirtió en un símbolo de reforma social y apoyo al hogar y la feminidad. En ello también influyó el creciente número de mujeres que trabajaban en la empresa. Luego lanzó al mercado modelos pequeños para niñas, y otros de gran capacidad para uso industrial.

Pronto la I. M. Singer & Company se convirtió en una de las firmas más reconocidas de Estados Unidos. A mediados de la década de 1860 producía 60.000 máquinas al año, de las cuales exportaba un promedio de 14.000. En 1865 introdujo un modelo mucho más avanzado, el “New Family”, del cual se venderían más de cuatro millones en todo el mundo durante los siguientes 20 años. La compañía sería la principal fabricante de máquinas de coser hasta mediados del siglo XX, no solo para el hogar sino también para la industria. Singer abrió fábricas y agencias en el Reino Unido, Francia y Brasil, y luego se extendió por todo el mundo.


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Personaje incómodo

Pero había un aspecto de Isaac Singer que no había cambiado: su tendencia ostentosa y a tener mucha compañía femenina.

Esto llegó al extremo un día en que Singer recorría la Quinta Avenida de Nueva York en su lujoso carruaje, acompañado por una empleada –con la que ya tenía cinco hijos–, mientras en sentido contrario venía otro coche en el que viajaba Mary Ann Sponsler, su amante y “esposa aparente” desde los tiempos del teatro. Mary Ann armó una escena que fue la comidilla de toda la prensa, y lo hizo arrestar bajo el cargo de bigamia.

El escándalo comenzó a afectar la reputación de la compañía, al punto que un banco rehusó otorgarle una nueva línea de crédito. Su socio principal, Edward Clark, convenció a Singer de divorciarse de su verdadera esposa, Catherine Haley, compensar a Sponsler y retirarse de la dirección de la empresa. Singer estuvo de acuerdo, y poco después abandonó Estados Unidos rumbo a Francia… Pero allá conoció a la que sería su segunda esposa, Isabelle Summerville, en cuya belleza, según se diría más tarde, se inspiró el arquitecto y escultor Bartholdi para el rostro de la Estatua de la Libertad. Entre sus dos esposas y varias relaciones secretas, Singer engendró en total nada menos que 24 hijos, algunos de los cuales escalaron en el ámbito social de finales del siglo XIX y principios del XX.

El famoso inventor pasó sus últimos años en Inglaterra, adonde se trasladó a causa de la Guerra Franco-Prusiana de 1870-71. Allí dispuso construirse una gran mansión de estilo francés, donde, regresando a la pasión de toda su vida, hizo incluir un teatro. Sin embargo, no pudo disfrutarla: cuando el palacio estuvo listo, en 1875, Singer falleció a los 64 años de edad.


Pionero de la industria

La máquina de coser, perfeccionada y hábilmente mercadeada por Isaac Singer, se convirtió en el primer artefacto doméstico de la era industrial. A su vez, la compañía que lleva su nombre fue la primera gran empresa multinacional estadounidense; las técnicas de producción en masa, así como sus innovaciones gerenciales y de mercadeo, son objeto de estudio para los economistas e historiadores de la tecnología.

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