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ESPECIAL

La historia de mis padres: el amor a través del ejemplo

Salomón Russo Mizrahi

E n la víspera de Rosh Hashaná del año 1929 vino al mundo, en la sagrada ciudad de Jerusalén, el hombre más especial y maravilloso que yo haya conocido. Por supuesto que me refiero a mi padre, Jehiel Russo Burla. Su historia ha sido fuerte en todos los aspectos. Digna de un Best Seller. Con tan solo un año de edad pierde a su padre; su madre, quien apenas contaba con 24 años, se dedica a levantar cuatro hijos por sí sola. Mi papá, el menor, pudo ir a la escuela durante algunos años. Los tiempos se fueron complicando y tuvo que interrumpir los estudios para ayudar a la familia a mantenerse.

Llega el tiempo de la Guerra de Independencia y papá se une a la Haganá, enfrentando las peores pesadillas y logrando sobrevivir milagrosamente a numerosos enfrentamientos con los ejércitos árabes.
Hay un par de anécdotas que él suele contarme. En una de ellas se encontraba solo en un puesto de defensa en Jerusalén, y su jefe le dio un arma con cuarenta balas, diciéndole: “Aquí tienes esta arma y 40 balas: 39 para liquidar enemigos, y la número 40 para ti”. Se imaginarán lo que siente un muchacho de apenas 18 años a quien le dan esa terrible opción. Gracias a Dios, nunca tuvo que usar la bala 40 para lo que supuestamente estaba destinada.
La segunda anécdota ocurrió igualmente protegiendo los muros de Jerusalén. Estaban estos jóvenes soldados, pichones al fin y al cabo, sin armas apropiadas para defenderse de 20 tanques árabes que se aproximaban. Con botellas, gasolina y trapos crearon pequeñas bombas caseras, las cuales comenzaron a lanzar al azar, ya que ni siquiera se podían asomar por temor a que les volaran los sesos. Milagrosamente, dos bombas cayeron justo en los dos primeros tanques, y eso sirvió para que los otros 18 huyeran despavoridos ante la incertidumbre de lo que estaba ocurriendo. Mi papá me cuenta que el olor a carne quemada de los soldados calcinados en los tanques era aterrador.
Una vez finalizada la guerra, papá regresaba a su hogar con sus hermanos, felices por la victoria que logró que nuestro querido Estado de Israel obtuviera su independencia. Mas la felicidad duró poco, ya que llegando a su casa la encontraron destruida por una bomba lanzada por los árabes. Allí se encontraban su madre y abuela, quienes esperando a sus héroes murieron trágicamente. Papá contaba con solo 19 años.
Después de sobrepasar otra difícil etapa, mi padre triunfa con un excelente trabajo en un banco.
Por otro lado mi madre, Raquel Mizrahi, una jovencita de apenas 18 años, la sexta de siete hermanos y quien resaltaba por su belleza exterior solo superada por su interior puro, inocente y soñador, hizo aliá con su familia desde Venezuela. Allí conoció a mi padre y al poco tiempo, en 1953, se casaron.

Unos meses después emigraron juntos a Venezuela, donde comenzó la odisea de mi padre en un país extraño para él. Prácticamente sin conocer el idioma (aunque hablaba ladino) ni la idiosincrasia del venezolano, se abrió camino y levantó a nuestra pequeña pero maravillosa familia.
Después de muchas vicisitudes, llega el año 1971, cuando papá, en uno de sus frecuentes viajes de trabajo al interior, sufre un grave accidente que lo mantuvo al borde de la muerte durante varias semanas. Los médicos decían que estaba clínicamente muerto.
Ocurrió otro gran milagro y sobrevivió. La recuperación fue bastante lenta y dolorosa, pero gracias a Dios y a mi querida madre logró recobrarse, con gran coraje y determinación. Mamá, valiente y dedicada, lo atendió en todos sus requerimientos. Lo llevaba a sus centros de rehabilitación y tratamientos especiales, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, durante aproximadamente un año.
Recuerdo claramente la primera vez que lo vi después del accidente, en un pequeño hospital de Los Teques. Moribundo, me preguntó: “Hijo, ¿cómo saliste en tu examen?“ (era mi último examen de cuarto año de bachillerato). Así ha sido siempre, pensando primero en los demás. Sus necesidades están en segundo lugar.
La delicada salud de mi padre llevó a mamá, quien nunca había trabajado fuera del hogar, a luchar con ahínco. Aprendió maquillaje profesional; viajaba con mi abuela a comprar ropa para venderla en Caracas, y finalmente se unió a mi padre en la fábrica de uniformes que tuvo durante más de 50 años, con el empuje necesario para que saliera a flote después de todas las incidencias vividas.
Llegó el año 1986, en el que mi mamá se enfermó. Ocurrió otro milagro y también sobrevivió, gracias a Dios. El gran apoyo y dedicación de mi padre, aparte de la tenacidad y espíritu de lucha de mi madre, lograron su curación. Una vez más demostraron cómo debe vivir una pareja: juntos y fuertes en las buenas y en las malas.
Con el fin de apoyar a mi madre mientras se restablecía, tanto papá como mi hermano y yo cambiamos nuestras costumbres. Aprendimos un modo de alimentación no muy conocido hasta ese momento, el “macrobiótico” (sin proteína animal y comiendo todo cocido, incluso las frutas). Suena fácil, sobre todo hoy en día, pero realmente implicaba grandes sacrificios que solo una situación como la que estábamos viviendo ameritaba. Pero valió la pena.
El destino también hace que estemos unidos comercialmente. Comencé a trabajar en el negocio familiar, primero ayudando como gerente de ventas; mi padre había tenido como socio durante muchos años a Shlomo Cohén (Z’L), un gran hombre. Al finalizar su sociedad me incorporé yo, y trabajamos juntos por más de 27 años. Lo más importante que siempre me ha recalcado, independientemente del negocio, es la obligación de obrar correctamente, nunca aceptar propuestas que contradigan nuestros principios. Lo más valioso es dormir tranquilos, sin sobresaltos por algún mal paso. Decencia, honestidad y justicia han sido los pilares de sus enseñanzas, las cuales siguen reforzando día a día.
Realmente sería infinito lo que podría escribir acerca de la gran dedicación que han tenido mis padres a lo largo de su vida para con sus hijos. Desde pequeños, luego en nuestra adolescencia y hasta en nuestra adultez, solteros o casados. Siempre han estado para nosotros.
Ya en su tercera edad, mi madre requiere cada vez más de la atención y cuidados de mi padre. Como siempre, él está allí, apoyándola 24 horas al día, con la gran fuerza espiritual que siempre lo ha caracterizado. Esto también ha contribuido a que se mantenga lúcido y activo a pesar de los años.
Realmente, al escribir acerca de mis padres siempre me quedaré corto. La gran admiración, respeto y orgullo que siempre me han inspirado aumentan día a día, y solo son superados por el gran amor que les profeso. Benditos sean. Que Dios les otorgue salud, larga vida y refuá shlemá, siempre juntos.

Amén ve amén.

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