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Una exhibición en la Neue Galerie de Nueva York ofreció un bocado del arte judío de   “antes de la caída”, que anticipaba el horror

Diane Cole

Expectación, por Richard Oelze (1935-36). Fuente: WikiArt 

Nada más por centrarse en el arte germano -austríaco que se produjo entre 1890 y 1940, los muros del Neue Galerie de Nueva York, que fundó el filántropo Ronald Lauder, pueden desconcertar al visitante con su mezcla inquietante de visiones de la belleza e imágenes radicalmente perturbadoras. La muestra más reciente del museo, Antes de la caída: arte alemán y austríaco de la década de los 30 (Before the Fall: German and Austrian Art of the 1930s), que luego de tres meses cerró el 28 de mayo, evidenció aún más ese desasosiego.

Los lienzos, fotografías y obras gráficas que totalizaron casi 150 trabajos conformaban un mosaico de respuestas artísticas al nazi-fascismo —en una gama que iba desde la resistencia abierta (con escenas intensas de peleas callejeras) hasta una aparente complacencia (con tranquilizadores escenarios naturales), y desde la sátira corrosiva (en los semblantes de soldados espectrales vestidos de uniformes estridentes y circenses) hasta el horror surrealista (con naturalezas muertas que daban origen a desarrollos monstruosos) y las odas líricas a una idealizada perfección de la raza aria (como en el retrato de un joven nadador, en pose que hacía prever los anuncios de trajes de baño del día de hoy).

Algunos artistas eran bien conocidos, otros no tanto. La multiplicidad de estilos e influencias subrayaba no solo la variedad de sus visiones y estéticas individuales; además, las capas entrelazadas de veracidad, ambigüedad y engaño que, dadas las circunstancias históricas, sus obras parecían expresar y ocultar al mismo tiempo.

Esta fue la tercera exhibición de una trilogía montada por la Neue Gallerie en años recientes, cada una de ellas dedicada a un momento o aspecto diverso de la historia moderna de Alemania. La primera, de 2014, fue: Arte degenerado: el ataque contra el arte moderno en la Alemania de 1937 (Degenerate Art: The Attack on Modern Art in Nazi Germany 1937); el ataque en cuestión se resumía a la exhibición de 650 obras catalogadas como “arte decadente” –categoría en que caían las obras de cualquier artista judío–, que organizaron los nazis en Munich en 1937 con trabajos que los agentes de Hitler habían confiscado a los museos alemanes. Un año después vino Berlin Metropolis: 1918-1933, en la que se exploraron las crecientes divisiones políticas, sociales y artísticas de la era de la República de Weimar. Olaf Peters, historiador del arte alemán que asimismo editó e hizo contribuciones a los catálogos, organizó las tres exhibiciones.

El sentimiento que predominaba de principio en Antes de la caída era el de estar presenciando una pesadilla que se desarrollaba tras la ventana de un artista en su estudio. Quizá el ejemplo más representativo sea Expectación, que el surrealista Richard Oelze (1900-1980) pintó entre 1935 y 1936. Cerca de dos docenas de hombres y mujeres, vistos casi por completo desde la parte posterior, aglomerados en el plano principal de la pintura con las cabezas dirigidas hacia el cielo deprimente de tonos verdes y ocres que captura su atención como si esperaran que algo fuera a surgir de allí. Todos los hombres visten gabardinas que parecen hechas de la misma tela; solo se diferencian en los sombreros, pues algunos los llevan de fieltro y otros bombines. De las mujeres, solo una tiene algún tipo de elemento decorativo: una flor de color óxido en el sombrero y otra en la chaqueta. Estas figuras con iluminación sombría, ¿son siquiera humanas? De los tallos, las plantas y los árboles recrecidos que los rodean emana un fulgor fantasmal.

No menos inquietante para cualquier visitante judío con sentido de la historia fueron las otras numerosas obras en exhibición, artificios de una era a punto de estallar con potencia catastrófica con el exterminio “final” del pueblo judío que los nazis emprenden con todas las de la ley. Por tal motivo, aunque no lo puntualizaran la exhibición ni la mayoría de sus comentaristas, me parece en particular pertinente prestar atención a la pequeña pero intrigante selección que la muestra hizo de la obra de seis artistas judíos.

De los seis artistas que nos dejaron estas instantáneas desde el borde del abismo, no todos sobrevivieron el Holocausto, ni sabemos en qué proporción su arte se fue con ellos a la tumba. De la mayoría no se sabe lo suficiente, ni se los ha estudiado para ofrecer más que un breve esbozo de su vida y obra. Pero Antes de la caída al menos ofreció la oportunidad de rescatarlos de la oscuridad.

Tres de ellos, comenzando por Felix Nussbaum (1904-1944), eran altamente logrados y son un poco mejor conocidos. En su inolvidable Autorretrato en el campo, de 1940, que pintó poco después de escapar de un campo de internamiento francés donde lo había enviado la Gestapo, Nussbaum aparece en un uniforme andrajoso del campo contra un firmamento encapotado y, al fondo, alambre de púas y un tonel manchado de heces donde defeca uno de los prisioneros. En el curso de los siguientes cuatro años, que el artista y su esposa pasaron huyendo, Nussbaum continuó produciendo imágenes teñidas de lo surreal —de cuya realidad completamente palpable su vida se había hecho emblema–. En 1944 los Nussbaum fueron capturados y enviados a Auschwitz, donde ambos perdieron la vida.

A la artista y diseñadora Friedl Dicker-Brandeis (1898-1944), que también pereció en Auschwitz, se la recuerda no solo por su arte sino por la tenacidad con la que dio lecciones de arte e inspiró esperanza entre los niños del campo de concentración de Terezin, donde a ella y su esposo los deportaron inicialmente en 1942. Años antes, en su ciudad, Viena, la habían arrestado por su activismo comunista —experiencia que se refleja en su pintura El interrogatorio II, compuesto entre 1934-1938, en el que representa a un prisionero prácticamente sin cara cuyos ojos se han apagado y cuya boca, nariz y manos están manchadas de rojo—. En la exhibición también se encontraba su Naturaleza muerta con juguetes, flores, dibujo de un niño, plato, cuchara y tarjeta del abecedario posterior a 1936, en el que los objetos nombrados se agrupan para crear un templo salpicado de colores dedicado a la infancia perdida; los cubos en primer plano, parecidos a los del Scrabble, forman la palabra Mut Zu, recordatorio de que se debía ser valientes.

Un sentido diferente y más peripatético tuvo la vida del fotógrafo de vanguardia Helmar Lerski (nacido Israel Schmuklerski, 1871-1956). De origen francés, descubrió la fotografía tras emigrar a Estados Unidos a la edad de veinte años; a su regreso a Europa en 1915, llegó a ser un retratista y camarógrafo bien conocido (trabajando en películas como Metrópolis, de Fritz Lang). Hacia 1936, fecha de cinco retratos con iluminación dramática en blanco y negro en la exhibición de la Neue Galerie, se había establecido en Palestina, donde entre otras obras produjo El trabajador (Working Man) y Soldados judíos (Jewish Soldiers). Se residenció en Suiza de modo permanente después de la Segunda Guerra Mundial.

El Interrogatorio II (1934-38), por Friedl Dicker-Brandeis. Fuente: Pinterest 

Diremos en modo sucinto lo que sabemos de los tres restantes.

  • El fotógrafo Erwin Blumenfeld (1897-1967) escapó a Estados Unidos desde Europa en 1941; a su fotografía de Hitler de 1932, que tomó un año antes de que asumiera la cancillería de Alemania, se sobrepone un goteo de tinta roja proveniente de los ojos y la boca, haciendo que el aspirante a dictador luciera como un vampiro estilizado.
  • El pintor Hans Ludwig Katz (1892-1940), cuyo trabajo denunciaron los nazis como degenerado, huyó a Sudáfrica, donde murió en 1940. Su Operación del ojo, en la que unas manos sin cuerpo se meten en los ojos de un hombre, parece señalar la destrucción de la visión del artista.
  • Por último, en Pelea callejera, pintura de Erika Giovanna Klein (1900-1957) producida en 1930, un enfrentamiento violento entre soldados y manifestantes se representa en colores pastel que contradicen la brutalidad de la acción. Tras marcharse de Europa a Nueva York en 1929, Klein dedicó el resto de su vida a la enseñanza.

Las exhibiciones de obras de cualquiera de estos artistas han sido de escasas a inexistentes. El Museo Judío de Nueva York montó retrospectivas importantes de la obra de Nussbaum en 1985 y de Dicker-Brandeis en 2004 (en 1998, el pueblo alemán de Onasbruck, donde nació Nussbaum,abrió una Casa Felix Nussbaum, diseñada por el afamado arquitecto Daniel Libeskind, para exponer su obra). En la actualidad, el Museo Judío de París organiza la primera exhibición en Francia de la obra de Helmar Lerski.

Pero desde Legados de silencio: las artes visuales y la memoria del Holocausto (Legacies of Silence: The Visual Arts and Holocaust Memory) que se realizó en 2001 en el Museo Imperial de la Guerra, en Londres, no estoy al tanto de ninguna recolección más extensa de artistas judíos de la era del Holocausto.

Algunas organizaciones como Pro Music Hebraica y el Archivo Milken de Música Judía han hecho esfuerzos titánicos por rescatar y reavivar las obras musicales judías olvidadas o suprimidas en el siglo XX. La iniciativa Milken se especializa en la escena estadounidense, pues la enriquecieron grandemente refugiados de las persecuciones bajo el nazismo y los soviéticos. Las artes visuales judías del mismo período no ameritan menos. Al ofrecernos un bocado, Antes de la caída exige una acometida más ambiciosa del tema.

Autorretrato en el Campo (1940), por Felix Nussbaum. Fuente: Wikimedia Commons

*Autora de las memorias Tras un gran dolor: emerge una nueva vida (After Great Pain: A New Life Emerges). Sus escritos han aparecido en New York Times, el Wall Street Journal, NPR en líneay otras publicaciones. Se desempeña como columnista literaria para Psychotherapy Networker.

Fuente: mosaicmagaAdd Sectionzine.com. Traducción y versión NMI.

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