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Las horas postreras

Trudy Ostfeld de Bendayán

E l dictamen irrevocable da comienzo a las horas postreras. Imágenes del aciago pasado asaltan su conciencia, a modo de un trozo de celuloide que transcurre en cámara lenta. Habla en tercera persona: “Pobre muchacho solo… No sabe a dónde ir... no tiene ni una moneda…. no conoce a nadie. Se dirige a la estación de tren. A Bucarest. El chequeador le solicita su pasaje… No… no señor, él no tiene cómo pagar el pasaje de tren… ustedes se lo deben… ustedes lo han enviado al campo de concentración… ¿Dónde está el centro de Bucarest?, pregunta angustiosamente a los transeúntes. ¿Cuál centro?, le responden. Bucarest es una ciudad extensa… tiene muchos centros. Qué tormento… ¿Qué destino incierto le espera a ese muchachito huérfano…?”.

Mi padre repite variaciones sobre este mismo tema una y otra vez. Con su mirada fija en el vacío, pareciera no dirigirse a ningún interlocutor. Es como si se narrase a sí mismo las indelebles y macabras imágenes engendradas durante el Holocausto. Quizá la angustia pretérita reverbera el momento presente, con su certeza del pronto e inexorable descenso al disolvente abismo de la nada. Imágenes de horror entretejidas con otras más benevolentes, como la representada por el noviazgo con mi madre. “Klara, mi cielo… Has sido el amor de mi vida… Estoy viendo nítidamente a la niña de catorce años de la que me enamoré… la niña de las trenzas… la que tejió los hermosos suéteres azules con venados que ambos vestíamos…”. Eros y Tánatos. Las luces y las sombras se suceden alternativamente de manera en extremo vívida.

Se despide de cada uno de sus seres queridos, uno a uno, con una palabra quizá nunca dicha o un consejo o un mensaje: “Hubiese dado mi vida por ti”, me confiesa. Palabras lapidarias… lápidas.

Se acerca el ocaso… Mi hija anuncia una presencia etérea… Un hombre de traje azul… Junto a su prima Taly, se asumen como guías de almas: invitan al abuelo con palabras sabias y tiernas caricias a desprenderse de su cuerpo, convertido en desfallecido vehículo. Yo me despido con suave sollozo. “Ya no tengas miedo, papá… Puedes irte tranquilo. Todos estaremos bien”. Un último suspiro.

¿Cómo notificarle a mi madre, quien descansa en la habitación contigua, que su compañero de una vida ha partido? Sollozante la abrazo, y ella comprende lo acontecido. Apura sus pasos al lecho de mi padre y, posando amorosamente su cabeza sobre el inerte pecho, le susurra: “Chinéale, ¿por qué no me esperaste?”.

Es el primero de febrero: el día de su septuagésimo aniversario matrimonial.

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