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El marco de la gran pintura: el recato

Moré David Chocrón

E l rabí Zejaria Wallerstein relató que hace varios años compró una pintura finísima y bastante cara en Israel, la trasportó a su casa en Estados Unidos y fue a una tienda especializada en marcos para comprar uno para su obra maestra. Él tenía la idea de comprar uno muy decorado, complejo y vistoso. Sin embargo, el empleado del negocio le explicó que mientras más fina es una pintura, menos importante debe ser el marco, al grado que debe pasar prácticamente desapercibido. Si se trata de un cuadro mediocre o inferior, se hace hincapié en el marco para hacer pensar a la gente que se trata de una obra exquisita. Tratemos de recordar el marco de un cuadro precioso que habremos visto en algún museo; lo más probable es que no podamos, no tenemos idea de cómo era el marco.

El rabí Wallerstein utiliza este suceso que le pasó a él mismo como una enseñanza para las mujeres. Dios nos dio una gran pintura: el interior, el alma. Sin embargo, el alma no puede bajar por sí sola a este mundo, pues requiere de un cuerpo. Este es como el marco de una pintura. Aquel que le da mucha importancia al marco es alguien que desconoce el valor verdadero del cuadro, no es un experto. Cuando el marco —el cuerpo— luce excesivamente y llama demasiado la atención, el observador se olvida que detrás de ese cuerpo existe un alma, un ser humano con sentimientos, sueños y metas. Aquella persona que no conserva el recato propio de la mujer virtuosa corre el riesgo de caer en manos de alguien que solo la quiera por ese cuerpo.

Sin embargo, prosigue el rabí Wallerstein, muchas jovencitas objetan que los hombres se fijan en aquellas que no tienen ese recato. Es cierto, pero es como un inculto que no entiende de cuadros y aprecia principalmente el marco y no la pintura. Lo triste es que hay gente que se pasó toda la vida enfocada en sus marcos sin darse cuenta de que posee una gran pintura…

El tzeniut (recato) es la belleza verdadera. El resto es vano, fantasía y falso. Cuando el interior es bello, cuando en él se destaca el tzeniut, sale a relucir también lo que se tiene en el exterior. “Tu mujer será como una parra fructífera en los rincones de tu casa” (Tehilim 148:3.). Es decir, cuando la mujer está en su casa y se comporta con tzeniut, tiene el zejut (mérito) de tener hijos judíos íntegros que llenan de alegría y felicidad su hogar.

El hecho de que la mujer se ocupe de su casa demuestra el amor que tiene por la misma. En ese lugar es donde ella debe desbordar su cariño y calidez, y crear allí un ambiente agradable. Esto no significa que la mujer tenga que apartarse de la sociedad. ¡Claro que puede salir a cumplir con sus obligaciones fuera de casa!

Los jajamim aconsejan que no busque la felicidad afuera, porque seguro no la encontrará. Toda esa felicidad que “vende” el instinto del mal es engañosa y falsa. Es solamente una felicidad pasajera que, en cuanto pasa su efecto, produce un vacío interior que obliga a buscar más de esa falsa felicidad. En el momento que el mal instinto ve a la persona ocupándose demasiado en arreglar su cabello o poniéndose ropas demasiado extravagantes, exclama: “¡Esta persona ya es mía!” (Bereshit Rabá 22:6.).

Una bat Israel (hija de Israel) reconoce su valor y por él se destaca. Por tal motivo, viste con recato y discreción. El valor de la mujer judía es muy grande. Busquemos que el tzeniut sea nuestra honra por siempre y que sea una de las formas de honrar a Hashem.

Al vestirse con ropas atractivas y muy a la moda, las parejas pueden llegar a confundir sus sentimientos pensando que se enamoran del envase exterior en vez de lo que hay adentro. Estas relaciones a la larga terminan diluyéndose, debido a que lo que era motivo de la atracción del otro desaparece y con ella desaparece el amor.

Por el mérito del recato de las mujeres israelitas fuimos sacados de Egipto, y por el mérito del recato de las mujeres tendremos el mérito del retorno a Tzión. ¿Ya no hemos esperado demasiado?

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