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OPINIÓN

Más allá del poder

Sol Benchimol de Glasermann*

S i nos preguntamos ¿qué busca el ser humano?, muchas de las respuestas pueden girar en torno al éxito. Pero ¿qué es el éxito? Para muchos es obtener conocimientos, reconocimientos, poder, adquirir bienes materiales o conseguir honores.

Hay quienes consideran que la posesión de bienes materiales es tan indispensable para su felicidad que luchan incansablemente solo con el objetivo de alcanzarlos. Pero una vez logrados ¿se sentirán plenos?

Dejarse llevar por esta filosofía de vida es ir con la corriente, es impregnarse de un mundo meramente físico donde reinan el egoísmo y el individualismo. La antítesis de este pensamiento está en los valores que proporciona el Judaísmo; para la Torá, el bienestar y el éxito se logran a través del autocontrol y no enfocándose en controlar a los demás; en adquirir sabiduría aprendiendo de nuestros semejantes, y dando honor y reconocimiento sin esperar recibirlo. Estos son los valores que el Judaísmo nos invita a cultivar para alcanzar el éxito verdadero, la felicidad y el pleno bienestar.

Una de las maneras para trabajar el cultivo de estos valores es a través de la humildad, reconociendo que todo viene de Dios y nada nos pertenece. Aunado a esto, una de las formas de llevar a la práctica esta gran cualidad es delegando el poder, confiando y reconociendo el potencial de los demás.

Hay dos acepciones básicas del poder: dependiendo de cómo se emplee, puede ser constructivo o destructivo. El poder destructivo consiste en controlar, mandar, coaccionar, dominar o manipular a los demás con la intención de conseguir algún fin particular. Por el contrario, el poder constructivo es aquel que fortalece a los demás, el tipo de poder que utilizamos para guiar, facilitar, motivar y vigorizar. El objetivo de emplear el poder de una forma constructiva es lograr que los demás se sientan más fuertes y no más débiles como resultado de nuestra interacción con ellos.

Para que los otros se sientan más capaces y tengan mayor determinación al emprender sus tareas debemos reconocer su inteligencia, sus ideas, su esfuerzo y sus contribuciones. Significa respetarlos y respetar lo que han hecho; si se respeta su trabajo, podremos inspirarlos y de esta forma su desempeño será aún mejor.

A medida que nos volvemos adultos parece importarnos más el poder, por lo tanto todo lo traducimos en ego. Ya nuestra respuesta no consiste siquiera en “correcto” o “incorrecto”, sino “soy yo”

Uno de los peores hábitos que puede tener una persona es comparar constantemente sus propios esfuerzos y capacidades con los de los demás. Por el contrario, uno debe aceptar su individualidad sabiendo que todos sus dones le fueron entregados para un fin particular, y nuestro trabajo personal se centra en potenciar cada uno de esos dones, poniéndolo al servicio de la sociedad.

Para aceptar a los demás es imprescindible aceptarnos a nosotros mismos, apreciarnos y respetarnos; solo así nos daremos cuenta de lo magnífico que puede ser el otro. Para ello debemos reconocer que siempre habrá diferencias, tanto en las personas como en sus actos; debemos incluir las necesidades de los demás en nuestros pensamientos y toma de decisiones.

Todos queremos triunfar y ser exitosos en la vida, el objetivo debe estar en cómo obtener el éxito por medio del ganar-ganar, pensando en mi bienestar y en el de los otros. Los individuos más exitosos triunfan a largo plazo porque encuentran la manera de equilibrar sus talentos únicos con los talentos únicos de los demás, no eclipsando a los otros.

Solo podemos llegar a este punto cuando erradicamos el ego. El asunto nunca debe ser quién está equivocado o quién está en lo correcto. Las verdades son subjetivas; la única verdad es la divina, el resto son opiniones y expresiones humanas. El ego nubla la vista y hace que nos enfoquemos en la acción y no en la persona; por ende, es importante acercarnos y observar el alma, que es la esencia del ser humano. Los individuos solemos tener un pensamiento dicotómico: bueno o malo, culpable o inocente, las acciones son correctas o incorrectas. Con este tipo de pensamiento nos limitamos a evaluar solo el resultado y dejamos de lado el contexto.

A medida que nos volvemos adultos parece importarnos más el poder, por lo tanto todo lo traducimos en ego. Ya nuestra respuesta no consiste siquiera en “correcto” o “incorrecto”, sino “soy yo”. La solución a esto es hacer un esfuerzo por evitar los pensamientos basados en valores excluyentes, y esforzarnos en razonar con una perspectiva más amplia y contextualizada, dado que son muy pocas las decisiones que ameritan juicios valorativos entre correcto o incorrecto, bueno o malo.

La recomendación es dejar el ego a un lado, saber que la mayoría de las decisiones que tomamos implican múltiples factores, y que las situaciones se pueden analizar de un modo apropiado si se observan desde diversas perspectivas.

La meta es trabajar por lograr el máximo de uno mismo, cumplir las expectativas propias y sobre todo respetarse a sí mismo, de esta manera podremos aprender y enriquecernos de los talentos y la compañía de otros. En conclusión, no hay que tener miedo de ceder el poder. La colaboración es superior a la competencia, y todo puede verse a través de varios matices.

*Sicóloga

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