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DOSSIER

Memorias telúricas

A 50 años del terremoto de Caracas, un homenaje a las víctimas de nuestra comunidad

El 29 de julio de 1967, Caracas acababa de celebrar 400 años de su fundación. La ciudad tenía mucho que festejar: su moderna infraestructura deslumbraba a propios y visitantes, el auge económico iba en paralelo al crecimiento de la clase media, y se disfrutaba de un régimen democrático. El futuro se abría sin límites. Pero a las ocho y cinco minutos de la noche de ese sábado, las celebraciones terminaron abruptamente. Un sismo de casi un minuto de duración, con magnitud estimada entre 6,5 y 6,7 en la escala de Richter, derrumbó varios edificios y produjo severos daños a otros, causando la muerte de unas 300 personas; varias de ellas pertenecían a nuestra kehilá. Cincuenta años después, sus familiares evocan aquellas vidas truncadas, fantasean sobre lo que pudo haber sido, y cavilan sobre el misterio de su propia supervivencia

E L EDIFICIO NEVERÍ, ubicado en plena Avenida Luis Roche un poco más arriba de la Plaza Altamira, había recibido su permiso de habitabilidad en 1965. Contaba con 11 plantas, con un apartamento en cada una. Actualmente funciona allí una farmacia. En uno de esos apartamentos vivía Mercedes Chocrón Serfaty, de 38 años, hermana del dramaturgo Isaac Chocrón. Ella había estado casada con el hombre de negocios estadounidense George Kogel, también judío, con quien tuvo dos hijos, Joshua e Inés. Tras divorciarse, regresó de Nueva York a Venezuela. Los recuerdos de sus sobrinas Renetta y Mariella Bustamante han sido fusionados en los siguientes párrafos.

Mi tía Mercedes era la mujer más bella que te puedas imaginar; muy blanca con el cabello negrísimo, coquetísima, elegantísima. Llegó a ser modelo y salía en revistas como Vogue. Mientras vivía en Nueva York, en un apartamento bellísimo, la íbamos a visitar durante las vacaciones.

Yo la admiraba. Ella podía estar como estuviera y se veía bella. Podía ponerse un vestido hecho con cualquier tela por la costurera española que iba para la casa, pero le lucía de maravilla. Salía como una reina. Cuando entraba en cualquier lugar brillaba, la gente se volteaba y creía que llevaba ropa de diseñador… De hecho, ella lo decía y los demás lo creían. Todas sus prendas eran de fantasía, pero cuando llegábamos tarde a un sitio se excusaba con “Es que tuve que ir al banco para buscar las prendas en la caja fuerte”. Ella tenía una vida fantástica que reflejaba hacia el mundo, y no se la quitaba. Era todo un personaje; decía que era antropóloga, fumaba con pitillera... Tenía dos perritos yorkshire, “Ginger” y “Oso”, los cargaba todo el tiempo y se tomaba fotos con ellos como si fuera una figura de la realeza.

Tía Mercedes se movía en el jet set y conocía a muchísima gente. Después de su divorcio siempre tenía unos novios… ¡Jack Lemmon! Sí, iba a casarse con el actor Jack Lemmon, pero al final decidió que no. En otra ocasión iba a casarse con un príncipe inglés o algo así. De hecho, nosotras íbamos a quedarnos con los niños mientras ella viajaba a Inglaterra para casarse; pero cuando nos levantamos por la mañana el día en que iba a partir, ella había abierto todas las maletas pues decidió que no se iba. No sé por qué la vida la vino a traer para acá...

“Porque se enamoró como loca de Ariel”, interrumpe Renetta.

Sí. Tía Mercedes salía con Ariel Severino, el que inspiró la canción de Billo’s “Yo quiero ser como Ariel”. Él realmente hacía de todo: pintaba, hacía esmaltes, trabajaba como escenógrafo de televisión y teatro. Mercedes y Ariel se hicieron pareja.

Ella vivía en un apartamento en El Bosque, pero se mudó a Altamira para estar más cerca de mi mamá, quien había criado a los tres hermanos Chocrón, pues su madre los abandonó. Mamá lo era todo para ellos, decían que era como su madre y hermana a la vez y la llamaban “Titonga”. Nosotros vivíamos varias cuadras más arriba, en una quinta que hacía esquina entre la Luis Roche y la Décima Avenida. Mi papá, Elías Chocrón, le compró a tía Mercedes el apartamento en el edificio Neverí.

Yo me la pasaba en casa de mi tía para parecerme a ella. Todas las cosas que decía eran para darte fortaleza, para que te sintieras valiosa, bonita, inteligente; cosas positivas para la vida. Todos los mensajes que me daba eran bellísimos.

Su hija, mi prima Inesita, era una lindura; tenía 13 años. Se llamaba Inés Canela porque a su papá le gustaba la piel canela, ella iba a ser muy bella. Joshua tenía 15 años, ya había hecho la Bar Mitzvá; era un muchacho muy tremendo, hacía locuras, maldades. Tía Mercedes le decía todo el tiempo: “Joshua, behave properly (compórtate)”.

Renetta y Mariella pronuncian esta frase al unísono, como si aún lo estuvieran viviendo.

El apartamento del Neverí era espectacular, quedaba en el piso 4 o 5 y tenía ascensor directo. Estaba nuevo; mi tía no llevaba ni un año viviendo allí.

El 29 de julio, Inés acababa de llegar de estar con su papá en Nueva York, y Joshua, quien había pasado una temporada en Caracas, tenía previsto regresar a

Estados Unidos al día siguiente. Por eso ambos coincidieron aquí.

Esa noche pasaríamos por su apartamento para despedirnos antes de ir a una fiesta en Los Cortijos. Íbamos toda la familia: nosotras con nuestros novios, mi mamá, todos. Si hubiésemos llegado allá 15 minutos antes… Pero el novio de Renetta se retrasó.

Entonces empieza un ruido como si la tierra se abriera; ese ruido no se te va nunca de la cabeza. El balcón de mi casa salió volando; debajo había un carro, pero el balcón cayó más allá. Cuando tiembla las escaleras se mueven y no puedes bajarlas; me tuve que lanzar desde el descanso. Nosotras dos pasamos corriendo, y en ese momento se cayó un cuadro hecho por Ariel que teníamos colgado en la pared. Mi mamá gritó: “¡Esto es un terremoto!”.

La sensación es algo… Yo estuve no sé cuánto tiempo, muchos años, sin montarme en un edificio. Dormía con una botella de refresco en el piso, con el pico para abajo, para enterarme de si temblaba cuando se cayera. Qué terror.

Cuando estábamos paradas afuera, mi mamá dijo: “Menos mal que todos estamos bien”. Entonces pasa una señora y dice: “Allá abajo se cayó un edificio, no debe haber quedado nadie”.

Los consiguieron el martes por la tarde. Mi papá, quien era médico, y mi novio, que estudiaba Medicina, fueron a reconocerlos. Estaban todos abrazados: mi tía, Ariel y los niños. Mi tía estaba en medio de ellos, no tenía golpes. Mientras los encontraban fue la pesadilla más horrible que podríamos haber vivido. Billo Frómeta estaba pendiente de que sacaran los restos de Ariel, lo velaron en el Ateneo de Caracas.

Mucha gente se refugió en nuestra casa; allí llegaron como 50 personas: mi tío Isaac, el viejo Chocrón, amigos. El papá de los niños, George Kogel, se vino de Nueva York; el pobre hombre gritaba y se golpeaba la cabeza contra la pared.

Mi mamá quedó muy deprimida, lloraba mucho, no se volvió loca de casualidad. Tuvimos que irnos de viaje porque ella estaba muy mal. Y cada vez que escuchaba a algún niño hablando en inglés se ponía a llorar, porque le recordaba a Joshua e Inés. Todos lloramos por años y años.

Mi tía marcó algo muy importante en la vida de todos nosotros, fue mucho más que la relación que una tiene con cualquier tía. Todos los recuerdos que tenemos de ella son maravillosos. Su belleza, su vida de fantasía... Una vuelve para atrás y vuelve a sentir el dolor.

Esa noche pasaríamos por su apartamento para despedirnos antes de ir a una fiesta en Los Cortijos. Íbamos toda la familia: nosotras con nuestros novios, mi mamá, todos. Si hubiésemos llegado allá 15 minutos antes… Pero el novio de Renetta se retrasó

Un trabajo difícil

Las entrevistas de este reportaje han sido probablemente las más difíciles que me ha tocado hacer desde que asumí la dirección de NMI. Estaba al tanto de que con ellas removería dolorosos recuerdos, que los familiares de las víctimas quizá no querrían volver a experimentar después de medio siglo.

Desde un principio les hice saber que su participación sería tratada con sensibilidad, empatía y respeto. También les señalé la importancia y valor histórico de estos testimonios, que constituyen una oportunidad —tal vez la última— de registrar esas memorias para la posteridad, como un homenaje a sus parientes desaparecidos en aquella ya lejana tragedia. En efecto, a todos se les humedecieron los ojos y les tembló la voz en algún momento de la entrevista.

En más de un punto he estado tentado a mitigar o suprimir algún detalle particularmente duro, pero ello habría significado faltar a la honestidad de la narración, tal como los entrevistados la compartieron con un perfecto extraño.

Agradezco que hayan aceptado formar parte en este proyecto, así como su disposición a facilitar las fotografías que acompañan el presente trabajo.

S.R.

CONTINÚE LEYENDO

Memorias telúricas parte 2

Click aquí: http://bit.ly/2ubWE4R

Memorias telúricas parte 3

Click aquí: http://bit.ly/2weZ6Fh

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