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¡Qué historia!

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Escribo estas líneas durante Pésaj, cuando los judíos festejan que el pueblo hebreo recuperara su libertad después de siglos de opresión por parte de los egipcios a través de la férrea voluntad de Dios, quien utilizó a Moisés como su mensajero.

La salida de Egipto representó por primera vez la unidad de los judíos como pueblo, con la misión de llegar a la Tierra Prometida por el Creador y, de paso, recibir las tablas de la ley a los pies del monte Sinaí.

En estos días se trasmiten por televisión muchas películas relacionadas con los eventos de Pésaj y Semana Santa. Hemos visto muchas de esas películas desde niños. El factor común de todas ellas que los judíos ya tenían una historia escrita, contada y trasmitida como pueblo, con un solo y único Dios, unas normas de comportamiento del individuo con el Creador y con su prójimo, reglas de higiene personal y sobre los alimentos, entre otras, lo cual significaba un progreso enorme para la época, que en parte generó la persecución y la judeofobia por parte de pueblos que durante generaciones trataron de exterminarlos.
Películas como las relacionadas con Sansón, o con el Rey Salomón que quedó para la posteridad como un sabio, constructor del Primer Templo de Jerusalén, ciudad que su padre el Rey David había instaurado como capital del Reino Unido de Israel y que hoy en día, tras más de tres milenios, nos regocijamos al tenerla nuevamente como la capital única e indivisible del pueblo judío y del flamante Estado de Israel, en los 70 años de su refundación.

Celebremos con entusiasmo estos primeros 70 años del moderno Estado de Israel; que pueda resolver en el corto plazo sus conflictos con los palestinos (que por cierto no aparecen en película o texto antiguo alguno), y sigan siendo el faro que ilumine y proteja

Hoy estamos a las puertas de celebrar un año más de la fundación de un Estado moderno, democrático, plural y de avanzada. Setenta años que han sido un camino empedrado y lleno de espinas, por el dolor de los seres caídos en las múltiples guerras y atentados terroristas que los pueblos árabes decidieron desatar desde el mismo día de la independencia de Israel como una segunda “solución final”. Sin embargo, se encontraron con la infranqueable fortaleza del pueblo que Dios decidió apoyar desde aquel éxodo de Egipto, hace casi 3.700 años, y más atrás, desde la época del patriarca Abraham.
Israel es la única democracia del Medio Oriente, con una separación de poderes bien definida y respetada, aun cuando sabemos que está rodeada de fundamentalistas, teocracias y dictaduras. Ha forjado una sociedad con una inmigración constante y vital de judíos venidos de todas partes del mundo, y no judíos avalados por la Ley del Retorno, que protege las raíces judías hasta la cuarta o quinta generación, por lo que apellidos como Capriles, Maduro, Benazar entre otros, pueden acogerse a este dispositivo legal.
El pueblo hebreo de la antigüedad, como el de la modernidad, sin lugar a dudas de la mano de Hashem, ha sido factor de profundos cambios en la forma como la Humanidad se ha venido trasformando, desde la visión monoteísta, las normas de convivencia y respeto, pasando por las proezas reseñadas en la Torá, y también proezas modernas como el rescate de Entebe, pasando por todos los premios Nobel, alrededor de 20% del total otorgados a judíos, y la misma fundación del moderno Estado de Israel; todos estos triunfos nos dan la enorme satisfacción de pertenecer al pueblo judío. Aun cuando al nacer ya venimos con una mochila cargada de responsabilidades, también recibimos la pertenencia a un legado estupendo y digno, para hacer el mejor “largometraje” de la historia.
Celebremos con entusiasmo estos primeros 70 años del moderno Estado de Israel; que pueda resolver en el corto plazo sus conflictos con los palestinos (que por cierto no aparecen en película o texto antiguo alguno), y sigan siendo el faro que ilumine y proteja.
¡Que viva el pueblo judío, que viva el Estado de Israel!

Por Miguel Truzman T.

 

 

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