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TISHÁ BEAV

Reconstruyendo el Bet Hamikdash

Esther Benayoun de Benhamou

L as tres semanas. Tiempo que cuando llega “queremos que pase”. Días tristes de nuestro calendario de los cuales queremos “salir”, dando inicio pleno a las vacaciones. Días en los cuales acumulamos las noticias que hemos escuchado meses o semanas atrás, para entristecernos porque aún no ha llegado el Mashíaj, porque aún no está reconstruida nuestra casa sagrada.

Injusticias aquí y allá, en Israel y en el mundo. Sin embargo, la emoción que predomina en nuestro ser, más que la tristeza o indignación, es la impotencia. Aumentamos exponencialmente nuestro grado de fortaleza y aguante, porque no podemos “ponernos mal por cada cosa”. Entre nuestra situación personal, momentos de crisis a nivel mundial y local, exceso de información en nuestras manos —que no sabemos cómo procesar— hay algo más que con seguridad podemos hacer, pero lo vemos tan distante que la compasión parece ser una herramienta insuficiente como para detener todo esto. Atribuimos las cosas a un mundo “al revés”. Sentimos que la ayuda que pudiéramos dar será insuficiente, y que mejor nos quedamos ensimismados en nuestros propios asuntos.

Sin embargo, podemos empezar haciendo un pequeño cambio en nosotros mismos. Sabemos que el Bet Hamikdash no se ha reconstruido por una sola razón: nuestro amor al prójimo no ha sido suficiente.

Sabemos que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, pero ¿cómo hacerlo, si a veces ni el amor propio está del todo desarrollado, o se ve tambaleante ante una pequeña crisis, ante una dificultad cualquiera? Si no estamos satisfechos con nuestro jardín, con nuestra persona, con nuestra apariencia, con nuestras posesiones, con nuestra familia, con nuestros amigos, con el nivel de inventario de comidas en nuestra despensa, más bien pensando que solo seremos felices el día que adquiramos esa nueva prenda de la tienda o cuando viajemos a esa isla desierta, para ahí sí sentirnos con el derecho de relajarnos, porque aquí simplemente “no podemos hacerlo”… ¿Cómo podemos ser mejores, si estamos pensando que el otro es diferente porque sus hijos asisten a otro colegio? ¿Pensando que una alegría de la familia solamente será perfecta si la decoración se ajusta al mundo de mis sueños? ¿Pensando que solo seremos buenos padres si el cumpleaños de nuestros hijos está dotado de todas las tortas y manualidades perfectas? ¿Pensando que nuestro ego personal vale más que ceder una vez y hacer felices a las personas que nos rodean? ¿Pensando que en la foto del “perfil” debe combinar perfectamente el sol, el cielo y la imagen de una familia perfecta? ¿Pensando que solo ganaremos amigos si nuestro chisme es el más interesante?

Tisha BeAv terminará cuando hagamos aquel trabajo sobre nuestras cualidades que pudimos haber hecho por nosotros mismos y por el prójimo, pero no hemos hecho aún. Cuando nos esforcemos en ser las mejores personas que podemos ser. Cuando demos prioridad a nuestro hogar y solo después al mundo exterior. Cuando el hablar mal del otro o hablar mal al otro no predomine en nuestras conversaciones.

Pensamos erróneamente que no tenemos suficiente fuerza dentro de nosotros mismos. Fuimos creados a imagen y semejanza de un ser supremo. Podemos esforzarnos y ser mejores yehudim. Debemos, más que nunca, en tiempos de crisis, dar. Porque se necesita más y a la vez dar cuesta más. Y la mayoría de las veces, más que una ayuda física tangible, las personas están necesitadas de afecto, de gestos de cariño.

Nuestro trabajo personal es evitar que nuestros miedos subjetivos nos alejen de nuestra realidad objetiva. Es hacer que nuestros hábitos positivos dominen los que son destructivos. Busquemos querer más al prójimo. Podremos ayudar a aquella madre en Israel siempre que seamos mejores personas desde donde estemos geográficamente. Siendo mejores cónyuges, padres, hijos, vecinos. Valorando a las personas que tenemos al lado de nosotros todos los días. Entendiendo que ellos también tienen sus pruebas personales y, aun así, nos sonríen al empezar y al culminar el día. Esto comienza por sentirnos satisfechos. Empieza por agradecer el día a día. Empieza por invitar a aquel que sin querer se olvidó de invitarnos. Empieza por querer lo que tenemos y saber qué es lo ideal para nosotros.

Estamos unidos. Sin embargo, podemos estar mucho más unidos. Podemos ganar-ganar. Podemos ganar el Bet Hamikdash y convertir para siempre estos días en días de alegría. Podemos traer paz y prosperidad aquí, a Israel, y al mundo entero.

Con información de videos “All for one” y “Foundations” de Charlie Harary

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