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Adiós, mi amiga

S e nos fue Annie (Z’L).

Mujer maravillosa, carismática, que a base de temple y, como ella decía, suerte, sobrevivió los horrores del Holocausto.

Holandesa-venezolana de fe judía, creyente no practicante como muchas veces se definía en las innumerables conversaciones que entablamos desde que tuve el honor de conocerla en aquel ya lejano 1991, cuando daba mis primeros pasos docentes en Caracas y me incorporé al mundo de Yad Vashem, al cual pertenezco con mucho orgullo hasta la fecha.

Annie trasmitía vitalidad, optimismo, fuerza, determinación. Oír su testimonio, en un perfecto español, era trasportarnos a los aciagos días que vivió entre 1940 y 1945. Luego proseguía, y venía la parte dulce de la reconstrucción de sus días en la Venezuela bella que todos amamos, esa que le abrió sus puertas de par en par, en donde pudo formar una familia y volver a creer en el don de la vida.

Verla hablar con los jóvenes era vibrante. Trasmitía un optimismo infinito, a prueba de todo, apegada a sus principios, siempre con la verdad en frente. Nunca la vi derramar una lágrima. ¡Qué temple de mujer! Terminábamos aplaudiéndola de pie, solo con ganas de subir al estrado y abrazarla para demostrarle, aunque ella ya lo sabía, que había gente buena en el mundo que quería hacerle sentir que no estaba sola y, quién sabe, quizá con ese abrazo tratar de ayudarla a cargar parte del enorme peso que llevaba encima. Tenía un lema: “Nunca más Auschwitz”, y lo decía con determinación, con fuerza. No solo nos lo decía, sino que nos contagiaba y nos hacía parte de su misión educadora en la vida. Así era nuestra querida Annie.

Sus últimos años los vivió en EEUU, lejos de su amada Venezuela. De nuevo la incertidumbre tocó la puerta y emigró buscando libertad, así como lo hemos hecho muchos quienes alguna vez elegimos a Venezuela como nuestro nuevo hogar.

Tuve el privilegio de recibirla dos años atrás, invitada por Yad Vashem de Panamá para el Día del Holocausto. Estuvo en casa y solo Dios, en su infinito conocimiento, sabía que iba a ser nuestra despedida. Nos dejó amor en casa. Estaba de un extraordinario humor, incluso aprovechó y platicó en holandés con mi suegra. Compartió con nosotros hablando de todo, de la vida, de los triunfos y fracasos, de la educación de los niños y del legado que dejaremos a los más jóvenes.

Ay, Annie, mi querida Annie. Cuánto te quise, admiré y aprecié.

Adiós, mi amiga.

Alberto Jabiles Schwartz

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