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OPINIÓN

El suicidio de la civilización occidental


Moisés Garzón Serfaty
Co-fundador de Nuevo Mundo Israelita
mgarzon@poliprima.com

L a mutación de las religiones y el gran crecimiento demográfico en los países del llamado Tercer Mundo son fenómenos en boga con las migraciones de países de África, Asia, Medio Oriente y América Latina a Europa, Estados Unidos y Canadá, lo que ocasiona la expansión del Islam en Occidente y el cambio más dramático de la historia, un cambio social, político y religioso sin precedentes.

El grupo humano de mayor crecimiento es el de los africanos subsaharianos, mientras que la tendencia en Europa es hacia un menor crecimiento demográfico; China modificó la ley que prohibía a las parejas tener más de un hijo, y ahora pueden tener dos.

Con respecto a las religiones, hay que señalar que el Islam es la predominante con 1500 millones de seguidores, sobrepasando al Catolicismo, que cuenta con 1100 millones. Al mismo tiempo que crecen las etnias musulmanas en sus diversas sectas más o menos radicales, la contracultura atea izquierdista se convierte en la nueva tendencia en Europa y Latinoamérica, donde se está destruyendo su pasado histórico y religioso. Las ideas e instituciones que florecerían en Estados Unidos, y la libertad que buscaron los “padres fundadores” se enraizaban en Europa. Como no cesó de repetir Jean-Francois Revel, América es la extensión de Europa, es Europa.

Bajo la tiranía de la “corrección política”, el revisionismo histórico tilda de racistas, genocidas y explotadores de los pueblos originarios a los héroes, soldados, exploradores, estadistas y científicos, desde el descubrimiento de América y las gestas independentistas hasta hoy.

La indiferencia por los valores religiosos en Occidente es la causa primaria de su debilitamiento, y ojalá no de la muerte espiritual de sus pueblos y su cultura. De su seno está surgiendo una sociedad entre nihilista y atea. El humanismo secular es la religión de las élites culturales, y los clérigos progresistas tratan de congraciarse con ellas. Denigran de la herencia judeo-cristiana al alejarse de sus bases morales, poniendo en peligro su supervivencia.

A las sociedades europeas han dejado de importarles las cosas importantes, y pierden el tiempo en nimiedades. Las Américas del Norte y del Sur siguen el mismo camino. No quieren luchar, no quieren defender sus señas de identidad, sus logros, reproducirse, seguir existiendo. Pareciera que han optado por suicidarse, dejando el paso libre a las hordas del terror dispuestas a no dejar títere con cabeza. Ni siquiera se inmutan ante la tergiversación de la historia que practican esos farsantes y, en su desidia, ni quieren enseñar la historia tal como fue. Entretanto, los ateos han iniciado una campaña anti-Dios que se está convirtiendo en una religión de fanáticos.

En una sociedad promotora del placer sin límites, se llega a la degeneración en un conglomerado deshumanizado en el que imperan toda clase de vicios, la fuerza bruta, el miedo, el derramamiento de sangre y la muerte. La guerra y el terrorismo son las actividades “de moda” para los negadores de Dios, sus mentores y sostenedores.

La civilización de las luces, del Derecho, de la conducta ética y de los valores humanos, que son los judeo-cristianos, terminará sin gloria con su sistema de vida, arrasará sin misericordia a esa civilización.

Líbrenos Dios de semejante final, actuemos las personas de bien para librarnos.

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