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La llama eterna

Rabino Chaim Raiport

Uno de los criterios para calificar a los clavadistas profesionales de alto nivel es su suave entrada al agua y el factor de salpicadura resultante.
Entrar en un ángulo inclinado aumenta el factor de salpicadura. Ingresar en un ángulo recto lo minimiza. Cuanto menor sea la salpicadura, mayor será la calificación que recibe el clavadista.
El judaísmo es similar. Hay judíos dinámicos que adoran a Dios con gran fanfarria, y los hay sencillos pero confiables que adoran a Dios con un compromiso silencioso. Ambos son importantes. El judío inspirador proporciona liderazgo y atrae a las masas. El judío simple siempre está ahí; siempre comprometido, independientemente de las circunstancias.
A los ojos del hombre, el primero genera más atención. A los ojos de Dios, el último es igualmente importante. Dios disfruta de los judíos inspiradores por su influencia y estilo. Dios disfruta de los judíos simples por su compromiso firme y permanente. Mucho después de que el chapoteo desaparece y la luz del foco se desvanece, el judío simple continúa adorando al Creador.
En su trayectoria en el desierto, nuestros antepasados, en el último día del servicio inaugural del altar, cada uno de los príncipes tribales había ofrecido una ofrenda. Como lo demostraron las llamas celestiales que las consumieron, las doce ofrendas fueron aceptadas por Dios.
La naturaleza pública de las ofrendas y las llamas celestiales que las consumieron inspiraron a las masas. Sus almas encendidas de amor dejaron atrás al Becerro de Oro. Los corazones llenos de gratitud se dedicaron a Dios. Sus espíritus rebosantes de entusiasmo estaban completamente inspirados para servirlo.
Aarón, el Sumo Sacerdote, era el principal responsable del ritual en el Tabernáculo, y debería haber estado en el centro de la actividad inaugural. Sin embargo, en el evento, no se le asignó ningún papel y se sintió rechazado.
No era su dignidad personal lo que le preocupaba, sino el de la nación. Nueve meses antes, los había llevado inconscientemente a adorar al Becerro de Oro. Ahora que aparentemente Dios lo había rechazado, le preocupaba que él, y por extensión los hebreos, no hubiesen sido completamente perdonados.
Los sentimientos de Aarón se sintieron en alto y Dios respondió con palabras consoladoras: “No temas Aarón; no fuiste invitado a inaugurar el altar porque tu papel trasciende el altar, encenderás las luces del candelabro sagrado”.
A primera vista, la respuesta de Dios parece curiosa. ¿Por qué las llamas de la menorá trascenderían la respuesta celestial estimulada por las ofrendas? Uno podría preguntarse por qué Dios no consoló a Aarón permitiéndole ofrendar el incienso, que seguramente trasciende las ofrendas inaugurales. El incienso se ofrecía en un altar de oro que estaba en el Kódesh Hakodashim (Sanctasanctórum, el lugar más sagrado del Tabernáculo), mientras que las ofrendas inaugurales se colocaban en un altar de cobre que estaba en el patio.
Dios también podría haber consolado a Aarón con la promesa del servicio en Yom Kipur. A Aarón, como sumo sacerdote, se le permitió entrar en el santuario interior, la cámara más sagrada, en este día tan venerable. Este servicio seguramente trasciende el de las ofrendas inaugurales. ¿Por qué este servicio no constituía suficiente consuelo para Aarón?
Una vela produce luz y calor, pero esa no es su única fuerza. El secreto de la luz de las velas, es que supera la oscuridad más profunda y más grande. No importa cuán oscura sea la noche, retrocede ante la llama. No importa cuán profunda sea la penumbra, la luz de las velas calma, conforta y ofrece dirección.
La vela no es animada ni dinámica. No inspira a las masas ni galvaniza a la nación. Es pequeña y modesta, pero con su brillo todo se suaviza. La fe y la esperanza se restauran silenciosamente.
La vela es poderosa porque no se preocupa por sí misma; su propósito es servir a los demás. Una llama da de sí misma y no disminuye su intensidad en el proceso. Una flama puede encender mil velas y permanecer tan poderosa e iluminadora como al inicio.
Esta es la razón por la cual milagrosamente se hizo que las velas ardieran durante ocho días y noches durante un tiempo en que el altar no podía encender la llama celestial. Esta es la razón por la cual las velas continuaron ardiendo mucho después de la destrucción del Templo: las luces sagradas del Beit Hamikdash continúan ardiendo hoy, representadas en las velas de Janucá.
Las luces de Janucá conmemoran el milagro que permitió que las llamas del Templo ardieran. Las luces de Janucá no sucumben a la oscuridad de la diáspora ni a la penumbra del exilio. Continuamente siguen ardiendo, mucho después de que se destruyeran el Beit Hamikdash y su altar.
Esta es la razón por la cual la vocación inaugural de Aarón superó a la de los príncipes tribales. Atractivas e inspiradoras como eran sus ofrendas, eran tan duraderas como el altar mismo. A Aarón lo invitaron a encender una luz, una llama que ardería mucho después de que la oscuridad de la noche hubiese descendido. Una vela que continuó ardiendo mucho después de que se destruyera el candelabro.
Los judíos confiables y silentes adoran a Dios de la misma manera en que una vela irradia luz, con la única intención de cumplir su propósito. Humildes y sin pretensiones, sirven por obediencia. No están impregnados de éxtasis. No tiemblan de asombro ni se regocijan de entusiasmo. No brillan de alegría ni arden de amor. Ellos simplemente son. Sirven a Dios, porque Él quiere ser servido.
Este tipo de servicio es duradero. Mucho después de que el amor ha expirado y el asombro se ha disipado, mucho después de que el éxtasis se haya calmado y la alegría se haya relajado, estos judíos continuarán sirviendo. Ellos estarán en posición de volver a encender la luz espiritual de aquellos que han gastado su propia energía. Tal fue la naturaleza de la poderosa contribución de Aarón.

PALABRAS CLAVE
Menorá
Beit Hamikdash
Kodesh Hakodasim
Rabino Chaim Raitport

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RECUERDA

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