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La nación hebrea es indestructible

Discurso de Ernesto Spira, del Comité Venezolano de Yad Vashem, durante el acto conmemorativo de Yom Hashoá 2018 en el Colegio Moral y Luces “Herzl-Bialik”, el 12 de abril de 2018

Elie Wiesel, universalmente reconocido como el cronista o relator de la Shoá, resumió la singularidad de sus contemporáneos con estas palabras: “Somos la más maldecida de todas las generaciones, y somos la más bendecida de todas las generaciones. Somos la generación de Iyov-Job, pero también somos la generación de Jerusalén”.
Los historiadores bien pueden tomar nota del intento de genocidio de nuestro pueblo y el posterior regreso a nuestra bíblica Tierra Prometida, como los dos eventos de principal importancia religiosa en el siglo XX. Sin embargo, hay otra realidad de la vida judía, que se afirma después del Holocausto y el nacimiento del Estado de Israel, que podría tener un significado aún mayor. El asesinato indescriptible de seis millones de inocentes, que perecieron solo porque eran judíos, llevó a los sobrevivientes a buscar una mejor comprensión de su tradición y herencia, que casi había desaparecido. La última ironía de la era posnazi es que a la Solución Final le siguió un renacimiento. Se trata de judíos que retornaron a nuestra fe, cultura y tradición, con una intensidad y en una cantidad nunca vista en toda la historia del pueblo hebreo.
Dios no murió en Auschwitz. Lo que quedó claro para Moisés en su primer encuentro con el Todopoderoso se hizo manifiesto al contemplar el fracaso de Hitler, el moderno Amán que buscaba la destrucción total de nuestro pueblo. ¿Por qué Dios inicialmente se le apareció al hombre seleccionado para el liderazgo en “un arbusto ardiendo con fuego, y el arbusto no se consumía”? Claramente, no estaba destinado a demostrar que Dios podía realizar un milagro. Cualquiera de un número infinito de increíbles hazañas podría haber sido elegido. Pero el sne, la palabra hebrea para “arbusto” y raíz de la palabra Sinaí, donde se le entregó la Torá a los hijos de Israel, era una planta cuya indestructibilidad serviría como paradigma para ejemplificar la única fortaleza que mostró el pueblo judío a lo largo de la historia. Contra todas las leyes de la naturaleza, en contra de los principios de la historia y el ejemplo de cualquier otra nación antes o después de ellos, se ofreció a los judíos al fuego de los hornos crematorios y las antorchas de sus enemigos, y, sin embargo “no fueron consumidos”. Nuestros correligionarios y nuestra fe desafiaron toda lógica para ilustrar el milagro de la supervivencia. Israel y el mensaje recibido en el monte Sinaí comparten, con el sne, el extraordinario don de la indestructibilidad.
Los sobrevivientes de la Shoá podrían haber sido perdonados si su respuesta a la pérdida de casi dos tercios de nuestro pueblo fuese el rechazo al Dios de sus padres. De hecho, algunos eligieron el camino de la negación religiosa. Sin embargo, muchos otros vieron los eventos irracionales como un desafío espiritual. Tal vez no fue Dios el que les falló a sus hijos, sino los seres humanos, que demostraron cuán bárbaro es su comportamiento cuando los guían únicamente valores y estándares seculares. Incluso cuando se convertía a hombres, mujeres y niños en pastillas de jabón y una autoproclamada raza superior encarnaba una crueldad demoníaca, surgió una enorme sed de intentar comprender el propósito de la especie humana, creada “a la imagen De Dios”.
Los nazis y sus colaboradores nos dejaron muchísimas preguntas, seis millones de preguntas como mínimo. Se convirtió en la tarea suprema de las generaciones posteriores al Holocausto buscar y sondear, preguntar y reflexionar, tratar de comprender una fe que resistió el paso del tiempo, pero que pareció fallar en la confrontación con la razón y en una creencia continua en un Dios todopoderoso, bondadoso y amoroso.
Hace miles de años, en el primer Holocausto de la historia judía que tuvo lugar en Egipto: el grito de batalla fue “Deja salir a mi pueblo”. En nuestro tiempo, después de un período de incomprensibilidad de lo ocurrido en la Shoá, el rabino Adin Steinsaltz dio a luz un nuevo eslogan: “Dale conocimiento a mi pueblo”.
El conocimiento es más que poder. El rey Salomón escribió en su Libro de los Proverbios: “Si careces de conocimiento, ¿qué tienes? Si tienes conocimiento, ¿qué te falta?”. Los sobrevivientes querían entender el propósito de su supervivencia. Y la respuesta debería ser más que una referencia trivial a “tradición” o un “violinista en el tejado”.
“Dale conocimiento a mi pueblo”. Decenas de miles de judíos indagaron y continúan escudriñando respuestas en sinagogas, cursos de educación para adultos, programas de estudios judíos, grupos de estudio y en los cientos de instituciones que surgieron para proporcionar sustento a los buscadores de conocimiento de nuestras generaciones.
Queridos alumnos: tienen la responsabilidad de continuar averiguando, indagando y escudriñando sobre Am Israel, su historia y tradición, para que por intermedio de ustedes se cumpla lo dicho por el profeta Samuel al rey Saúl hace unos tres mil años: nétzaj Israel lo yishaker. Nuestros sabios interpretaron alternativamente esa expresión como: la nación hebrea es indestructible.
De ustedes depende que así sea.

 

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