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OPINIÓN

Los gases de la muerte


Beatriz W. de Rittigstein
bea.rwz@gmail.com

A comienzos de abril, el mundo vio horrorizado la muerte de más de 80 personas y otras decenas que resultaron heridas por bombardeos con armas químicas en la localidad siria de Jan Sheijun, en la provincia Idlib. Todo apunta a que los asesinos son parte de las fuerzas a las órdenes de Bashar al-Assad, con aviones del ejército sirio que presuntamente lanzaron proyectiles cargados de gas sarín.

Desde el brote de la guerra fratricida en Siria, cuyas víctimas son principalmente civiles, todas las partes en conflicto son responsables de usar agentes tóxicos de cloro, gas sarín y gas mostaza.

Frente a las terribles imágenes de gente asfixiándose, en especial niños, de inmediato nos vinieron a la mente los innumerables masacrados con Zyklon B, en campos de exterminio, a través de cámaras de gas cruelmente disfrazadas de duchas colectivas durante la Segunda Guerra Mundial.

La decisión de establecer cámaras de gas la tomó un comité del partido nazi en mayo de 1941, como “solución final” a lo que los nacionalsocialistas llamaron “el problema judío”. Incluso, inicialmente se usaron autobuses cuyos tubos de escape fueron introducidos a las cabinas de los pasajeros, quienes morían por inhalación de monóxido de carbono. Así, los nazis aniquilaron a millones de personas, en su mayoría judíos.

Por eso sorprendió que el secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, en una rueda de prensa para explicar la acción del gobierno de Trump a fin de castigar a Assad, afirmó: “No usamos armas químicas durante la Segunda Guerra Mundial. Teníamos a alguien tan detestable como Hitler y ni siquiera él se rebajó a emplear armas químicas”. Para luego agregar: “Hitler no utilizó el gas sarín contra su propia gente del modo en que Assad lo está haciendo hoy en día”.

Numerosos organismos y personas criticaron el tremendo error por parte de un supuesto experto en comunicaciones; error que, además, ayuda a los judeófobos, quienes se regodean en negar la existencia de las cámaras de gas, lo cual ha sido comprobado hasta el más mínimo detalle por académicos multidisciplinarios. Yad Vashem remarcó la seria ignorancia de Spicer, subrayó el riesgo de que sus comentarios respalden la distorsión de los hechos, y lo invitó a visitar su página web para entender tales sucesos históricos.

No sabemos si los inadmisibles comentarios de Spicer, quien después se disculpó, obedecen a simple ignorancia o a la influencia de sectores supremacistas que se han identificado con Trump. De hecho, este incidente nos hizo revivir el comunicado de la Casa Blanca del 27 de enero, por la conmemoración de la liberación de Auschwitz, en el que se omitió que la inmensidad de las víctimas fueron judías.

Obviamente queda la duda, y en ese sentido, de haber voluntad, tienen compromisos por cumplir. De modo humilde, a los funcionarios de la Casa Blanca les recomendamos una visita al Museo del Holocausto que está a pocas cuadras. Por cierto, en dicho museo se exhibe una muestra de fotos que se logró sacar clandestinamente de Siria, que atestigua la variedad de torturas a las que el régimen de Assad viene sometiendo a la población.

Resulta prioritario que la idea del “nunca más”, surgida tras advertir los crímenes perpetrados durante el Holocausto, no sea un lema vacío. Para ello se debe comenzar por reconocer los síntomas iniciales.

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