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En Madagascar vive la comunidad judía más joven del mundo

Josefin Dolsten*

¿Descienden de alguna tribu perdida, o de anusim portugueses? El hecho es que este grupo de africanos asegura tener raíces hebreas, se convirtió al judaísmo ortodoxo y sigue la Halajá con profunda fe y tenacidad

A unque en Madagascar no existe una sinagoga, mikve o escuela judía, los visitantes a esta isla-nación africana pueden disfrutar de una comida estrictamente kasher, servicios religiosos de Shabat y programas de estudio semanales de la Torá.

Esta comunidad de 121 personas, todas las cuales se convirtieron al judaísmo en 2016, no puede costear la construcción de una sinagoga. Por ello, una de sus integrantes recorrió Estados Unidos para crear conciencia y buscar fondos para fortalecer la presencia judía. “Si la gente tuviera suficientes recursos, quizá cada familia podría ahorrar dinero y recoger lo necesario para levantar el templo, pero ese es el tipo de cosas que no podemos hacer en este momento”, dice Elysha Netsar, docente universitaria en química vegetal y prominente miembro de esa kehilá, cuya sede está en la capital del país, Antananarivo.

Más de tres cuartas partes de la población de Madagascar vive por debajo de la línea internacional de la pobreza (US$1,90 al día), según datos de 2012 del Banco Mundial. De acuerdo con Netsar, la mayoría de los judíos son de “clase media”, lo que significa que ganan lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas, pero no para ahorrar.

“Un miembro de la familia real de Madagascar me llevó a visitar las tumbas familiares, y vi lápidas de los siglos XVIII y XIX cubiertas de inscripciones en hebreo”.

Tudor Parfitt, profesor de estudios religiosos de la Universidad Internacional de la Florida

Sed de judaísmo

Algunos de ellos comenzaron a practicar el judaísmo alrededor de 2010, pero solo se convirtieron oficialmente en judíos en mayo de 2016, cuando tres rabinos ortodoxos viajaron a ese país ubicado frente a la costa sudoriental de África para llevar a cabo las conversiones. Esto convirtió a Madagascar en el hogar de la comunidad judía más joven del mundo, según la ONG Kulanu (“Todos nosotros” en hebreo), que apoya a ese y otros grupos aislados de todo el globo que buscan aprender sobre el judaísmo.

En lo que Netsar calificó un “evento extraordinario”, 121 malagasis —como se llaman entre sí los habitantes de la nación— respondieron a las preguntas de la corte rabínica y posteriormente se sumergieron en un río, lo que sirvió como baño ritual. Los hombres se realizaron circuncisiones simbólicas, y doce parejas contrajeron matrimonio según la tradición judaica.

Netsar, como la mayoría de sus correligionarios, llegó al judaísmo a través del cristianismo. Aunque fue criada como católica, se sentía insatisfecha con su fe y trató de explorar otras denominaciones cristianas. Ninguna la satisfizo. “Tenía esa sed muy dentro de mí, la sensación de que algo me faltaba”, contó en el apartamento neoyorquino de la presidenta de Kulanu, Harriet Bograd, que funge como sede de la organización.

El judaísmo siempre estuvo en los antecedentes de Netsar. De pequeña, su abuelo le dijo que tenía antepasados judíos. Años después, cuando estudió la fe judaica, se sintió a gusto. “Buscaba algo que me llenara, y solo lo logré cuando tuve una vida judía”, dice.

Ahora de 40 años, no es la única que cree tener raíces hebreas; la mayoría de los malagasis piensan que descienden de judíos, y algunos miembros de la comunidad incluso dudaban en convertirse, pues consideraban que ya eran judíos. Las investigaciones genéticas no han podido corroborar sus historias; al contrario, indican que los primeros pobladores de Madagascar tuvieron origen malayo-indonesio, según Nathan Devir, profesor asociado de estudios judaicos de la Universidad de Utah, quien ha estudiado al grupo malagasi desde 2012. Posteriormente, también se establecieron inmigrantes africanos bantúes en la isla.

Pero Devir no descarta por completo la posibilidad de una herencia judía. “No tengo una opinión definitiva sobre el hecho de si ellos descienden de gente que perteneció a alguna de las diez tribus perdidas. Según las investigaciones genéticas que se han hecho parece poco probable, aunque es posible”. Bograd considera que la autenticidad del “secreto malagasi” —como se califica su creencia en la herencia judía— es irrelevante para su trabajo con el grupo. “La posición de Kulanu, y la mía como presidenta, es que cuando unas personas quieren practicar el judaísmo les damos la bienvenida, y si tienen historias sagradas las honramos; pero no es nuestro trabajo comprobar o descartar lo que realmente sucedió [en el pasado]”.

A finales de 2016, Netsar dictó conferencias en varias sinagogas y organizaciones judías de Estados Unidos, con el fin de recaudar fondos para los esfuerzos de Kulanu en su comunidad y en otros lugares. Se ha establecido contacto con dos donantes potenciales para construir la sinagoga y la mikve, pero los planes aún deben prepararse, como indica la vicepresidenta del grupo, Bonita Nathan Sussman.

Los dirigentes de Kulanu esperan que Netsar logre atraer la atención sobre el trabajo de la organización en Madagascar y alrededor del mundo. Durante los últimos cinco años, dice Sussman, se ha producido un incremento en la cantidad de grupos que se les acercan para aprender más sobre el judaísmo. “Cada semana recibimos correos electrónicos de individuos y nuevas comunidades. La gente clama por atención a las puertas del judaísmo”. Cita contactos de interesados de Ruanda, Malasia, Afganistán, India y la Costa de Marfil.

La motivación de Sussman nace de la historia judía; ella ve su trabajo como una forma de “reconstruir el pueblo judío” tras el Holocausto y la persecución de los judíos en los países árabes. Mientras tanto, la comunidad “reconstruida” de Madagascar continúa balanceando sus dificultades y responsabilidades diarias con un serio compromiso por aprender más sobre su nueva religión. En el caso de Netsar, ello significa hallar tiempo para estudiar la Torá entre sus dos trabajos (en la Universidad de Antananarivo y como consultora para una firma médica) y los deberes familiares, y además ayuda a cuidar a los niños de su hermana. Por ello, se levanta diariamente a las cuatro y media de la madrugada. “Cada mañana, cuando hago mi lectura de la Torá, es como beber energía”, asegura.

La mayoría de los judíos de Madagascar no pueden estudiar los textos judaicos con tanta facilidad. Solo otro miembro de la comunidad habla inglés, y leer textos complejos en francés les resulta difícil aunque la mayoría entiende algo de ese idioma. Por ello, Netsar está trabajando en la primera traducción al malagasi de los Cinco Libros de Moisés y del Sidur. Hasta ahora ha completado el libro de Bereshit (Génesis), pero dice que su trabajo le impide progresar tan rápidamente como le gustaría. A pesar de sus responsabilidades, ella duda en definirse como líder, explicando que en su comunidad ortodoxa, aunque hombres y mujeres son considerados iguales, “los hombres deben dirigir”.

Netsar cita la tzniut, palabra hebrea para modestia, al explicar su vestimenta: un sobretodo marrón que cubre la mayor parte de su cuerpo, y un gorro que mandó a hacer a un sastre. No es la única integrante de su comunidad que sigue una interpretación estricta de la Halajá, la ley judía. Esa kehilá, que cuenta con tres líderes espirituales pero no un rabino, prefiere fallar del lado de la precaución para no trasgredir potencialmente la ley judía. Durante años, cuando no tenían acceso a carne kasher, se alimentaban exclusivamente de pescado. “Todos en nuestra comunidad quieren avanzar en su nivel espiritual, y lograrlo es mucho más importante [que comer carne]”, dice Netsar.

Además de recaudar fondos en Estados Unidos, Netsar aspira a que la experiencia única de los malagasis inspire a los judíos de ese país. “He escuchado que la religión aquí es a veces superficial, debido al ambiente social. Los judíos de Estados Unidos pueden aprender de nuestra vida y de nuestra forma de ser judíos”, señala.

*Especialista en estudios judaicos y religiones comparadas de la Universidad Hebrea de Jerusalén

Hallazgo sorpredente

La historia de la “comunidad judía más joven del mundo” salió a la luz en 2013, cuando unos turistas judíos contactaron a la organización Kulanu para informar que un grupo de alrededor de 200 cristianos de Madagascar estaba practicando rituales judíos, que habían aprendido por su cuenta a través de internet y sin tener

relación alguna con comunidades judías.

Bonita Sussman, la vicepresidenta de Kulanu, se encargó de comunicarse con esa comunidad, mientras su esposo, el rabino Gerald Sussman, se disponía a responder la gran cantidad de cuestiones halájicas que surgieron.

Cuando numerosos malagasis manifestaron su deseo de convertirse al judaísmo, Kulanu organizó un Beit Din (corte rabínica) que se trasladó a Madagascar. La corte estuvo encabezada por Ajiya Delouya, rabino ortodoxo de origen marroquí que vive en Montreal, Canadá.

Siendo francoparlante, Delouya pudo llevar a cabo las conversiones en esa lengua, que se usa en Madagascar. En lugar de las 30 conversiones que esperaba, en Beit Din se vio ante más de cien. El proceso se materializó en mayo de 2016. Curiosamente, los malagasis optaron por el formato sefardí del judaísmo, con el que se sintieron más identificados.

Tudor Parfitt, profesor de estudios religiosos de la Universidad Internacional de la Florida, viajó a Madagascar para estudiar la realidad sobre el terreno, y halló que las leyendas sobre el vínculo de la población de ese país con el judaísmo están más difundidas de lo que anticipaba. De hecho, “un miembro de la familia real me llevó a visitar las tumbas familiares, y vi lápidas de los siglos XVIII y XIX cubiertas de inscripciones en hebreo”.

Aparte de las historias sobre alguna tribu perdida de Israel (o incluso especulaciones de que Madagascar habría sido la biblica tierra de Ofir, desde donde el rey Salomón recibía cargamentos de oro, plata, marfil y otras riquezas), Parfitt señala: “Hay buenas razones para creer que algunos anusim (judíos convertidos a la fuerza por la Inquisición) de origen portugués se establecieron en Madagascar”.

El rabino Sussman se sorprendió por la razón que muchos de los malagasis le mencionaron para querer convertirse, además de su amor por la Torá: consideran al judaísmo como una expresión de libertad. “Definitivamente existe la sensación de que están volviendo a sus raíces y superando el colonialismo (…) El judaísmo nunca ha sido asociado con los poderes coloniales, y la historia judía es una historia de libertad y justicia”.

En cuanto al futuro de este tipo de comunidades, Sussman comenta: “El mundo judío no sabe realmente cómo lidiar con esto. Tengámoslo presente: nosotros no vamos a ellos, ellos vienen a nosotros. Esa es una diferencia significativa”.

FUENTES

- Jewish Telegraphic Agency (www.jta.org)

- The Jerusalem Post

- Breaking Israel News (breakingisraelnews.com)

Traducción NMI

¿Descienden de alguna tribu perdida, o de anusim portugueses? El hecho es que este grupo de africanos asegura tener raíces hebreas, se convirtió al judaísmo ortodoxo y sigue la Halajá con profunda fe y tenacidad

 

 

 

 

 

 

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