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Matrimonio versus profecía


Chaim Raitport
Rabino de la Unión Israelita de Caracas
rabinoraitport@gmail.com

C uando le llegó a Tzipora, la esposa de Moshé, la noticia de que dos nuevos profetas habían sido identificados entre los judíos, su respuesta fue un silencioso murmullo: “Lo siento por sus esposas, espero que su matrimonio no termine como el mío”. Su cuñada, Miriam, la escuchó, y le pidió que se explicara. Tzipora respondió que desde que los Diez Mandamientos fueron enunciados en el Sinaí, Moshé se había separado de ella.

Miriam estaba horrorizada. Ella sentía que tal nivel de abstinencia era excesivo y se volvió hacia su hermano Aarón: “¿Acaso le habla Dios solo a Moshé?”, “Él nos habla a nosotros también. Si Dios nos puede hablar a pesar de llevar una vida matrimonial normal, ¿por qué piensa Moshé que debe ser diferente?”.

Dios se le apareció inmediatamente a Miriam y le explicó que Moshé era un profeta de características únicas. Él se dirigió a Moshé de la misma manera en que una persona le hablaría a su compañero: “Me comunico con él claramente y no con enigmas. Moshé me percibe directamente. Para este nivel de atención espiritual, él debe estar perpetuamente condicionado para la profecía. A diferencia de ti, Moshé está obligado a llevar una vida de abstinencia”.

La respuesta de Dios a Miriam indica que no es posible recibir una profecía mientras se está involucrado en la intimidad física. Si este es el caso, Miriam, una profetisa por derecho propio, debería haberlo sabido y admirado a su hermano Moshé por haber elegido permanecer continuamente en el estado profético. En otras palabras, si la profecía es un estado superior a la vida matrimonial, ¿por qué Miriam se horrorizó cuando Moshé optó por ese estado superior?

La objeción de Miriam nos dice que la intimidad en la vida matrimonial es más santa que el estado profético. La respuesta de Dios le participó que Moshé disfrutaba de una capacidad única de profecía, que trascendía incluso la vida matrimonial. La principal característica del matrimonio es que une a un hombre y a una mujer. La fusión de tales polos opuestos es milagrosa. La única manera de que los opuestos absolutos se atraigan unos a otros es a través de la manifestación de un tercer poder, que por supuesto es superior, en cuya presencia desaparecen todas las diferencias.

Imagínense dos personas en desacuerdo permanente. Uno es cerebral, el otro emocional; cuando uno está callado, el otro es ruidoso. Cuando uno es cauteloso, el otro es temerario. No importa el lugar y el momento, siempre están en desacuerdo, excepto por un escenario cuando se presentan ante el rey. En presencia de su majestad ambos se sienten intimidados, y sus diferencias se desvanecen. Ante el rey, son simplemente súbditos leales.

Dios es infinitamente superior. Él es omnipotente. Dios puede juntar los opuestos porque ante Él no son diferentes. Además, Dios es el origen del universo entero. Todos los opuestos emergen de Dios. En su presencia, los opuestos intuyen su origen común y descubren su capacidad de unirse.

En ninguna parte las diferencias son más pronunciadas que en la intimidad, y en ninguna parte la presencia de la divinidad es más palpable para facilitar la atracción. Esta es precisamente la razón por la que solo en este ámbito el hombre y la mujer se convierten en socios activos de Dios en el acto de la creación. Así se genera la capacidad de la concepción.

Miriam sabía, sin duda alguna, que el matrimonio es mucho más sagrado que la profecía. Al recibirla, uno puede sentirse santificado, experimentar la espiritualidad, ser consciente de la claridad aguda, pero no es la cumbre de la divinidad. Por el contrario, la interacción con lo divino durante la profecía es un nivel de divinidad adaptado a la medida de nuestra capacidad.

Miriam, por lo tanto, lamentó que Moshé deliberadamente abandonase el matrimonio por la profecía. Ella también era profeta, también lo era Aarón. A pesar del intenso momento ocasional, y la emoción espiritual de la profecía, ambos comprendían la necesidad de la vida matrimonial. Ella se encontraba perpleja de que Moshé no lo entendiese.

Entonces Dios se le apareció a Miriam y le explicó que la profecía de Moshé no era como la suya. Moshé fue único en los anales de la historia. Nadie vio o percibió a Dios como lo hizo él, quien avistó a Dios como una persona vería a su prójimo. Así como divisas la totalidad de tu compañero cuando lo contemplas, Moshé absorbía de la santidad divina, podía absorber esta intensa energía y soportar la suprema experiencia sin vacilar. La persona común se desvanecería de la emoción y la intensidad. Sería incapaz de filtrar la impresionante visión a través de los prismas del ojo y la mente.

Para el profeta promedio, el matrimonio era más santo que la profecía. Para Moshé, sin embargo, la profecía era más santa que el matrimonio. Miriam finalmente entendió que Moshé había tomado la decisión correcta. Y sucede a menudo: lo que es correcto para uno no es necesariamente correcto para otro.

Ciertamente no somos como Moshé. Nunca hemos experimentado siquiera un mínimo de profecía, mucho menos el nivel de la profecía de Moshé. Pero tenemos la santidad del matrimonio. Apreciemos el poder de un matrimonio para marcar la presencia de lo divino.

El matrimonio no es solo una asociación entre un hombre y una mujer. Es una sociedad de tres: hombre, mujer y Dios. “Un nudo tres veces atado no se desentrañará fácilmente”. Si dejamos que Dios se encuentre presente en nuestro matrimonio y estamos conscientes de la santidad en nuestros hogares, nuestras relaciones se fortalecerán. Sea su voluntad que seamos bendecidos con matrimonios robustos, felices y amorosos, fundados en los preceptos de la Torá e iluminados por la luz del misticismo judío.

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