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Tishá BeAv en Venezuela

Rachel Chocrón de Benchimol

A nte la avalancha de información y sucesos que trascienden uno y otro día, llega a nuestro calendario la fecha más triste del año, cuando se nos insta a reducir la alegría y la presencia divina parece alejarse por completo, dado que aún no somos merecedores de la construcción del tercer y último Templo Sagrado, que traerá con él la redención final y la salvación a todos nuestros problemas y sufrimientos.

Esta anhelada solución a todos nuestros pesares cobra más fuerza que nunca, dado el caos a nivel nacional con todas sus consecuencias y, más aún, el rumbo que el mundo está tomando, al desconocer e ignorar el sufrimiento y padecimiento de todos los países en conflictos de guerra, hambruna, etc.

Este mundo en el que vivimos nos desconcierta, y nos demuestra que todo esfuerzo que el hombre haga para mejorar su medio ambiente, y dar salida y solución a sus problemas, no es suficiente si no contamos con la ayuda de ese Ser Supremo que maneja y controla todo a nuestro alrededor.

En mi humilde opinión, no puede ser casualidad que nuestro destino como nación democrática o no, esté justo por definirse en la época del año en la que nuestro mazal como yehudim se ve disminuido, y cuando se nos recomienda no emprender nuevos proyectos de vida ni tomar decisiones definitivas con respecto a nuestro destino.

Dios decidió apartar Su presencia clara y evidente de Su mundo, al ver que los seres creados a Su imagen y semejanza no se ayudaban mutuamente, sino por el contrario buscaban hacerse daño los unos a los otros, poniendo en práctica el tan nombrado odio gratuito.

Son estas horas de reflexión, de plegaria y de reencontrarnos con nuestro padre celestial, para pedirle clemencia y luz en el oscuro túnel por el que todos de manera indistinta estamos atravesando en la actualidad.

Es justo en este momento de nuestra historia como país y como kehilá que hemos demostrado ante los ojos del mundo y ante la mirada de Dios que queremos reconstruir un país sobre la base de la solidaridad, la ayuda, la piedad, la benevolencia con nuestro prójimo y el trabajo en conjunto, sin mirar diferencias y con total tolerancia.

Ante estos últimos acontecimientos y sus posibles consecuencias, solo nos queda conectarnos con nuestro Creador y confiar en que Su plan sea el conveniente y el mejor, para cada uno de nosotros en particular y como kehilá. De estos años difíciles llenos de altibajos, en que fuimos separados de nuestras familias, amigos y gente querida, puedo afirmar haber aprendido la lección de solidaridad y de gratificación espiritual ante el deber cumplido para con el prójimo. Una fuerza entera al servicio de Hashem y en el cumplimiento de jésed ha sido y es nuestra querida kehilá de Venezuela, única en el mundo.

En fin, ahora a pocas horas de definirse nuestra situación país, no es casualidad, repito, que estemos atravesando los días más marcados negativamente en nuestra historia como pueblo judío. Dios maneja el mundo, y con una buena dosis de fe y confianza en Él podremos atravesar la bruma que nos cubre el entendimiento y la razón en estos momentos de angustia y zozobra.

Con el ayuno del 9 de Av (que se inicia al atardecer del martes 1 de agosto y hasta el anochecer del miércoles 2), observamos las costumbres de duelo contempladas en nuestras leyes, con la peculiaridad de que ya al mediodía del día 2 nos levantamos del suelo y comenzamos a abandonar la tristeza, el dolor y la aflicción por la pérdida de los dos templos que representaban la presencia de la shejiná en nuestro mundo. Después de ese trance de tristeza, de dar rienda suelta a los sentimientos de dolor que nos acongojan, viene inmediatamente el momento de reconectarnos con Dios, buscar y sentir Su presencia que nos consuela y nos da la fuerza necesaria para levantarnos y superar el momento difícil que vivimos.

De hecho, la costumbre de no comer carne en señal de duelo se observa aún en la noche después de terminado el ayuno, pues en recuerdo de las llamas que todavía brotaban del Templo se nos prohíbe iniciar su ingesta. De esta manera, poco a poco vamos recobrando la alegría, la fuerza y la fe para resurgir de entre las cenizas, dispuestos a ser mejores personas, de aportar nuestro ladrillo en la tan anhelada reconstrucción del Templo para ver y vivir mejores tiempos. Tiempos de paz, de esperanza, de reconstrucción de sueños y proyectos, de redimensionar nuestra sociedad y nuestra kehilá con más mitzvot, más estudio de Torá y más amor al prójimo, que son sin duda la base de la verdadera paz y felicidad que tanto anhelamos y necesitamos.

Que tengamos todos un buen y fácil ayuno, y recibamos todo lo bueno, ¡amén!

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