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VIDA RELIGIOSA

Un pueblo singular debe tener un comportamiento singular, y sino ¿por qué Hashem nos escogió?

Moré David Chocrón, Asistente de Rabinos Unión Israelita de Caracas

"No se comporten de acuerdo a las prácticas de Egipto donde alguna vez vivieron, ni sigan las costumbres de Kenaan, tierra a la cual yo los conduzco, ni vivan de acuerdo a sus costumbres. Cumplan mis leyes y lleven a la práctica mis decretos, conduciéndose conforme a ellos. Yo soy Hashem, Elokim de ustedes” (Vayikrá 18; 3-4).

Sobre este versículo tenemos muchísimas interpretaciones a pesar de su claro, directo y conciso mensaje. Pero nos concentraremos en la interpretación del Admur Rabí Yehuda Leiv Alter de Gur (1847-1905), autor del libro Sfat Emet, quien afirma que en estos versículos la Torá no se refiere a comportamientos negativos ni prohibidos ni reprochables, que no es más que la parashá que leemos en público en el rezo de Minjá de Yom HaKipurim, la cual trata sobre la prohibición de relaciones sexuales incestuosas e inmorales tales como las practicaban y siguen practicando hasta hoy los demás pueblos llamados “cultos, democráticos y morales”.

El rabí de Gur explica que en estos versículos la Torá advierte a toda persona del pueblo de Israel sobre los comportamientos, costumbres y asuntos permitidos, pero que los descendientes de Abraham, Itzjak y Yaacov están obligados a ser cuidadosos de no imitarlos y no formar parte de sus vidas y quehacer diario como “no judío”, es decir, no comer ni beber como “no judío”, aun si es kasher; y en general, no comportarse de ninguna manera como “no judío”.

Entonces, respecto a las palabras “… conduciéndose conforme a ellos (leyes y decretos de Hashem)”, nos explica Rabenu Jayim Benatar, conocido como el “Oraj Jayim”, que el judío debe aumentar y perseverar en la realizaciones de buenas acciones y en el cuidado de los decretos divinos, que se refieren a los jukim: leyes entre Hashem y la persona que, para nuestro intelecto finito en la mayoría de las veces, es muy difícil entender; y justo en ello recae el apego del pueblo de Israel a Hashem, diferenciándonos de cualquiera otro, tal como lo manifestamos en el Monte Sinaí al exclamar unísonamente: “Haremos y escucharemos”, y que nos sirva de mérito y fortaleza al momento de residir en la diáspora y en Eretz Israel.

Sobre el mismo tema ahonda rabí Eliezer HaLevy Horovitz en su libro Noam Megadim (1809), comparando este asunto con lo escrito en Pirke Avot (capítulo 2, Mishná segunda: “Es bonito el estudio de Torá acompañado de Derej Eretz, un ejemplar comportamiento”, ya que es difícil pensar que el Judaísmo se pueda perpetuar tanto en la diáspora y en Eretz Israel, sin que lo principal en la vida de un judío, que no es más que el estudio del verdadero legado de la Torá noche y día, esté de conformidad y apegado al comportamiento social ejemplar entre los mismos integrantes de la comunidad judía en todos sus estratos sociales y culturales; y entre los componentes del pueblo de Israel con los otros ciudadanos y habitantes del territorio en el cual hagamos vida. La única manera de perpetuar la identidad del pueblo es entonces el reforzamiento, en primera instancia, del conocimiento y comportamiento según estipula nuestra sagrada Torá, sin ninguna objeción ni parpadeo en el descuido de la educación judía, ya que, como sabemos de Pésaj, nuestros antepasados no sucumbieron ante la cultura egipcia y no se asimilaron al mantener tres bastiones fundamentales, a saber: cuidaron de llamar a sus hijos e hijas exclusivamente con nombres judíos, cuidaron de vestirse solo con prendas que los identificaran como judíos, y solo hablaban el idioma hebreo. Si lo trasladamos a nuestros días: ¿cuántos judíos solo se llaman por nombres hebreos? ¿Cuántos judíos solo visten como deben hacerlo los caballeros, damas y niños pertenecientes al pueblo de Israel? ¿Y cuántos judíos hablan hebreo inclusive dentro del colegio? Solo estos tres aspectos pueden representar el diagnóstico de la realidad del judío contemporáneo en la diáspora, e inclusive en Eretz Israel.

La palabra kadosh quiere decir “diferente”, y solo es sagrado aquel que se diferencia y cumple su función específica junto a la sociedad que lo rodea, así como lo expresamos en criollo: “Juntos pero no revueltos”.

Sobre los dirigentes de la comunidad recae dar el ejemplo, y sobre los padres, resguardar este legado en la célula familiar, para que después no nos quejemos diciendo: ¿Y por qué paso esto?

Que Hashem ilumine de jojma y entendimiento a los dirigentes, maestros, rabinos y padres de nuestra hermosa comunidad, y tengan siempre este mensaje bien claro en sus funciones. Amén.

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