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DOSSIER

William Levitt y el sueño de la casa propia para todos

Sami Rozenbaum

Uno de los cambios más importantes en la evolución de la especie humana ha sido la urbanización –es decir vivir en ciudades–, que se inició tras la invención de la agricultura. Mucho después, hace 70 años, comenzó en Estados Unidos otro fenómeno que también tuvo un gran impacto en millones de personas de todo el mundo: el desarrollo de los suburbios. Pocos fenómenos de semejante magnitud han sido producto de las ideas y el trabajo de una sola familia

A principios del siglo XX, Brooklyn era uno de los distritos de Nueva York donde vivían –con frecuencia hacinados– decenas de miles de inmigrantes judíos. Entre ellos estaban Abraham Levitt, cuyo padre había sido rabino en Rusia, y su esposa Pauline Biederman, proveniente del Imperio Austro-Húngaro. En 1907 tuvieron su primer hijo, a quien pusieron un nombre americanizado: William.

Justo en vísperas de la Gran Depresión, en agosto de 1929, Abraham Levitt fundó en Nueva York una compañía inmobiliaria que llamó Levitt & Sons. William, entonces de 22 años, fue designado presidente y quedó encargado de las ventas y la publicidad; su hermano menor Alfred, de apenas 17 y a la sazón estudiante de arquitectura, sería el vicepresidente de diseño.

El joven Alfred diseñó las primeras casas que la firma vendía por encargo a clientes de clase media alta, las cuales tuvieron bastante éxito a pesar de la crisis económica: en un período de cuatro años se vendieron 600 unidades en la prestigiosa área de Long Island. Más tarde, los Levitt construyeron viviendas en otras zonas del estado de Nueva York y su empresa prosperó.

Pero en diciembre de 1941, Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial. Al igual que muchas otras compañías del ramo, la de Levitt padeció severas limitaciones por la escasez de materiales, pues debían utilizarse en la industria bélica.

William prestó el servicio militar en la Marina y, como provenía de la industria de la construcción, se le asignó al batallón encargado de producir viviendas temporales de uso castrense; allí aprendió a acelerar los procesos, empleando piezas homogéneas e intercambiables. Esta experiencia le dio muchas ideas para la época de la posguerra.

En efecto, cuando el conflicto terminó se produjo en Estados Unidos una grave escasez de viviendas. Por una parte, cientos de miles de veteranos en edad de casarse regresaban al país; también había una importante demanda insatisfecha que se había acumulado desde la época de la depresión; por añadidura comenzó el llamado baby boom, una explosión demográfica nunca antes vista. William Levitt se convenció de que la única solución para el déficit habitacional era también su gran oportunidad: la producción en masa.

Así, Levitt & Sons adquirió un terreno de 400 hectáreas dedicado al cultivo de papas y cebollas en Long Island, en un sector conocido como Island Trees. Su hermano Alfred diseñó una pequeña casa estandarizada de un piso, con un ático que podría convertirse más tarde en una segunda planta. La idea era construir con rapidez y alquilar las casas al precio más bajo posible.

En lugar del proceso tradicional de construcción, los Levitt crearon un sistema de producción en serie similar al de la industria automotriz: piezas prefabricadas se colocaban en las parcelas previamente provistas de los servicios básicos, y los equipos de trabajadores pasaban de una parcela a otra erigiendo las casas a gran velocidad. La construcción abarcaba 26 pasos, varios de los cuales se encargaban a subcontratistas. Se empleaban segmentos de madera y otros elementos prefabricados; otras piezas y equipos se compraban directamente a los fabricantes para evitar el costo de los intermediarios. También se emplearon tecnologías entonces novedosas como la pintura aerosol.

Por otra parte, así como décadas antes Henry Ford había pagado a sus obreros salarios mayores que la competencia, Levitt ofreció a su personal incentivos que duplicaban el ingreso que obtenían en otras empresas.

Todo esto dio como resultado un proceso de gran celeridad y eficiencia, al punto que en el momento pico se terminaba una casa cada 16 minutos. Durante una entrevista William Levitt dijo: “No somos constructores, somos fabricantes”.

Cada unidad tenía 75 metros cuadrados de construcción, dos habitaciones y sala-comedor; estas modestas pero funcionales viviendas venían ya equipadas de cocina, nevera, otros electrodomésticos y hasta televisión, lo que entonces era una gran novedad.

El éxito fue instantáneo: el 7 de mayo de 1947 Levitt & Sons había anunciado su proyecto de 2.000 viviendas de alquiler, la mitad de las cuales se reservaron en tan solo 48 horas; la construcción empezó en julio y apenas tres meses después, en octubre, se mudaron las primeras 300 familias. Las ventas impulsaron a la empresa a ampliar el proyecto con 4000 viviendas adicionales, así como la dotación de servicios como escuela, centro comunitario, oficina postal propia y piscina pública.

Poco después, el gobierno de Estados Unidos implementó normas especiales para subsidiar la vivienda. Levitt cambió entonces el esquema de alquiler al de venta de las casas a un precio de 8000 dólares por unidad (aproximadamente 70.000 al valor actual), con 5% de inicial y 30 años de plazo, con las mismas cuotas mensuales que se pagaban por el alquiler.

El primero de enero de 1948 el proyecto cambió su nombre de Island Trees a Levittown, que quedó finalizado en 1951 con un total de más de 17.000 viviendas. La compañía empezó a desarrollar urbanizaciones similares en otras partes de Estados Unidos (Nueva Jersey, Pennsylvania y más tarde Puerto Rico) con el mismo éxito, y comenzó a ofrecer nuevas opciones en el diseño de las casas.

Levittown marcó el nacimiento de un nuevo concepto, el suburbio: zona residencial ubicada fuera de la ciudad, dotada de los servicios fundamentales y suficientemente cerca del centro urbano como para poder trasladarse diariamente al trabajo. El auge económico de la posguerra permitía que cada familia poseyera un automóvil –e incluso más de uno–, y ahora también podía adquirir “casa propia con jardín” en una zona tranquila, adonde podía llegar con su vehículo privado. En la década de 1950, más de un millón de estadounidenses se mudaba cada año a los suburbios. Era un triunfo del capitalismo, el “sueño americano” para todos... o casi todos.

Surge la controversia

Hay que recordar que esto sucedía en un clima de intensa discriminación racial. La Administración Federal de la Vivienda de EEUU solo ofrecía hipotecas a los desarrollos habitacionales segregados, y Levittown se inscribía en esa limitación. Así, el contrato de compraventa establecía que el propietario no podría alquilar o vender su vivienda a personas que no fueran “de la raza caucásica”. Esto significaba que los veteranos de guerra negros no podían aspirar a adquirir una casa en desarrollos como Levittown... y ni siquiera los propios constructores, por ser judíos.

William Levitt declaró: “Como judío, no hay lugar en mi corazón para los prejuicios raciales; pero es un hecho que la mayoría de los blancos prefieren vivir en comunidades no mezcladas. Esta actitud puede ser moralmente equivocada, y podría cambiar algún día. Espero que así sea”. Pero como Levittown se había convertido en el arquetipo de los suburbios, la segregación, común al resto de los proyectos subsidiados por el gobierno, resultaba allí más visible; incluso se formó un Comité para Acabar con la Discriminación en Levittown.

En 1954, el gobierno federal comenzó finalmente a aprobar leyes para favorecer la integración racial, por lo que poco a poco fueron cambiando las condiciones; para 1960 un tercio de la población de Levittown era protestante, otro tercio católico y el otro, judío, pero aún no había los que ahora se llama afroamericanos. Tan solo en las décadas posteriores cambió esta situación en todos los suburbios estadounidenses con la difusión de los derechos civiles.

Otra crítica que se le hizo desde el principio a Levittown y a los demás suburbios basados en el mismo modelo –sobre todo desde el mundo intelectual– fue su homogeneidad, conformidad y “aburrimiento”. Sin embargo, como se ha visto, el diseño de las casas de Levittown previó desde un principio la posibilidad de ampliarlas y modificarlas, por lo cual su uniformidad fue transitoria; cada familia introdujo alteraciones a su gusto. Hoy en día es casi imposible percibir que todas las viviendas comenzaron siendo arquitectónicamente iguales. La calidad de su construcción ha resistido bien el paso del tiempo.

Por otra parte, varios escritores que crecieron en estas “ciudades dormitorio” describieron en sus libros un entorno opresivo. El historiador de las ciudades Lewis Mumford se refería a los suburbios como “un ambiente uniforme del cual es imposible escapar”. En 1950, un reportaje de la revista Time hacía referencia al “aire casi antiséptico” de Levittown, a pesar de que alababa la calidad de vida que ofrecía a quienes de otro modo no habrían podido poseer una vivienda propia.

Ante sospechas por parte de los macartistas de que su construcción en masa tenía visos izquierdistas –además de que los empresarios eran judíos, y esto ya los hacía “sospechosos”–, William Levitt señaló con ironía: “Nadie que posea su propia casa y terreno puede ser comunista; tiene demasiadas cosas que hacer”.

Por otra parte, a diferencia de la vida en las zonas urbanas, los suburbios al estilo Levittown permitieron un retorno a las relaciones cercanas y cordiales entre vecinos, y era frecuente la ayuda mutua y el intercambio social en sus centros comunitarios, tal como quedó reflejado en las series de televisión estadounidenses a partir de la década de 1950. El escritor Walter D. Wetherell es uno de quienes recuerdan con nostalgia los primeros años de Levittown: “No había nada que [los vecinos] no hiciéramos el uno por el otro. Cuidar a los niños, llevar a alguien a alguna parte, quizá ayudar con el pago de una cuota de la hipoteca a alguien que no pudiera en ese momento”.

Ciertamente, la vida suburbana –que luego se expandió a muchos países desarrollados– dio lugar a una nueva relación social que forma parte de la cultura contemporánea. De manera paradojica, siete décadas más tarde se está produciendo el proceso inverso: muchos nietos y bisnietos de los primeros habitantes de suburbios como Levittown están retornando al corazón de ciudades grandes o medianas, en esta época de crecimiento demográfico lento y grupos familiares más pequeños. Es parte del siempre inacabado proceso de evolución en las formas de la vida humana.

Complemento indispensable: el centro comercial

Vivir en los suburbios generó un problema: ¿dónde hacer las compras?

Podía viajarse a la ciudad, pero ello significaba sumergirse en el congestionamiento del tránsito, una de las cosas de las que precisamente se buscaba escapar. Otra opción surgió de manera espontánea: a lo largo de las autopistas que llevaban a los suburbios aparecieron más y más establecimientos comerciales, pero de una manera desordenada que, además de afear el ambiente, creó su propio problema de congestión vehicular. Esta situación aparece descrita gráficamente en Shopping Towns USA, obra clásica del arquitecto Victor Gruen, publicada en 1960 en colaboración con Laurence Smith.

Victor David Gruen nació en Viena en 1903, en una familia judía. Egresó de la Escuela de Arquitectura de la Academia de Artes de esa ciudad y, tras una década de experiencia, creó su propia firma de arquitectos, que se enfocaba sobre todo en el diseño de establecimientos comerciales. Pero en 1938, tras la ocupación nazi de Austria, huyó con su familia a Estados Unidos llevando tan solo “mis libros, una mesa de trabajo, una regla ‘T’ y ocho dólares”.

En su nuevo hogar retomó la arquitectura, ampliando su campo de trabajo a las tiendas por departamentos, y luego a proyectos de diseño urbano de mayor envergadura. Cuando surgió la necesidad de satisfacer los requerimientos de los suburbios, Gruen se inspiró, como describe en Shopping Towns USA, en “el ágora griega, las plazas del mercado medievales y los pueblos coloniales norteamericanos”; así, propuso crear un espacio planificado que no solo contuviera comercios sino servicios municipales, cultura y recreación, que además sirviera como lugar de encuentro y formara parte de los propios suburbios. Había nacido el moderno centro comercial.

En un principio la compañía que fundó, Victor Gruen Associates, diseñaba espacios abiertos que semejaban pequeños cascos urbanos, con calles internas en las que los usuarios podían estacionar; pero con el tiempo la mayoría de sus centros comerciales, construidos por todo Estados Unidos, evolucionaron hacia los espacios cerrados y climatizados que conocemos actualmente. La teoría creada por Gruen abarcó todos los aspectos de los malls: ubicación idónea de los estacionamientos y accesos, comercios “imán” para definir el flujo de los visitantes, espacios para carga, depósitos, planificación de los sistemas eléctricos, de agua y desperdicios, señalización y seguridad.

El éxito del concepto llevó rápidamente al surgimiento de centros similares también dentro de las ciudades, sobre todo en zonas céntricas que habían caído en el deterioro precisamente por la migración de muchos de sus habitantes hacia los suburbios.

De esta forma, la vida suburbana y los modernos malls son producto de un mismo proceso de expansión de las ciudades hacia sus espacios aledaños, con la consecuente renovación de las áreas urbanas antiguas.

Victor Gruen falleció en 1980. Sus numerosos proyectos se han exhibido en congresos y exposiciones de arquitectura, en ferias internacionales, y en museos como la Galería Nacional de Washington.

FUENTES

• Colin Marshall. “Levittown, the prototypical American suburb”. The Guardian, 28 de abril de 2015.

• Victor Gruen y Larry Smith (1960). Shopping Towns USA. Nueva York: Reinhold Publishing Corporation.

• Wikipedia.org

Vea también nuestro dossier “Cómo los judíos diseñaron el hogar moderno”, en NMI Nº 1936 (archivo.nmidigital.com, pulsando “Ediciones anteriores”)

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